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Había una vez un circo

Domingo, 6 Septiembre 2009 · 2 comentarios

Hace ya unos años, un circo itinerante dió mucho de que hablar en mi ciudad, Guadalajara, y en todas las ciudades cercanas por las que pasó.

Cada vez que el circo llegaba a una ciudad, el caos más absoluto se apoderaba de ella. La policía de todo el corredor del Henares andaba mosqueada por el hecho de que los robos de motocicletas se incrementaban en un 400% única y exlusivamente en las fechas en que el circo andaba cerca.

En menos de cinco días, los elefantes se les escaparon tres veces (yo estuve presente, por casualidad, en una de aquellas estampidas), acompañados por varias cebras, dos bueyes escoceses y un watutsi. A la tercera vez el alcalde los expulsó de la ciudad, al más puro estilo del salvaje oeste.

En aquellos años (2000-2004), estaba en pleno auge la leyenda urbana de “la sonrisa del payaso“. En su variante alcarreña, los “nazis” viajaban en una furgoneta blanca. Dicha furgoneta blanca resultó ser la que usaban los del circo para robar motocicletas aparcadas, que con su actitud extremadamente sospechosa logró atizar aún más el pánico que existía entre los adolescentes de entonces.

Siempre que veo Batman Returns, me acuerdo de aquel circo, que desde luego nos trajo risas y emoción (sobretodo ésto último) a raudales:

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El laurel de la discordia

Viernes, 1 Mayo 2009 · 9 comentarios

Tal y cómo amenacé, voy a comenzar a darles la murga con historias personales e intransferibles. Ésta está protagonizada, al más puro estilo grecorromano, por un árbol de laurel.

Guadalajara, c. 1997. Me encontraba a las puertas del bloque de apartamentos en el que vivía, comiendo pipas con un vecino y con las marujas que por allí rondaban.

Al rato apareció un individuo con una motosierra y pinta de animal, saltó los setos del jardín y se puso a hablar con un viejo extremadamente acartonado que vivía en el primero. Al parecer el viejo había contratado al tío de la motosierra para que talase un árbol de laurel que, según sus palabras, le quitaba las vistas; cosa cuanto menos irónica si tenemos en cuenta que la boina le llegaba casi hasta las narices.

Como no podía ser menos, las marujas que por ahí andaban callejeando se opusieron estruendosamente a semejante macarrada, llamando la atención de las que estaban en sus casas, que salieron a vociferar por los balcones. El viejo las escuchaba en silencio desde su pequeña atalaya, y de vez en cuando, levantaba una mano, y gritaba con voz cascada: “¡que lo va a podar!

El mozo de la motosierra estaba empezando a asustarse, y a punto de salir de allí por patas, pero recuperó el valor cuando el viejo le ofreció “dos mil pelas más“. Rápidamente, cortó el tronco del árbol a metro y medio del suelo y se fué corriendo; me pregunto cómo y cuándo cobró.

Miré hacia arriba, esperando ver una explosión de ira entre las vecinas, y sin embargo no ví a nadie. El espíritu pragmático pudo más que la furia, y todas bajaron atropelladamente (de hecho, jodieron el ascensor) a llenar bolsas del Eroski con el laurel recién cortado. El viejo contemplaba todo sin inmutarse, y con una sutil expresión de orgullo.

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¿Lo querrían para hacerse una corona?

¿Lo querrían para hacerse una corona?

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Cuando finalizó todo el jaleo, sucedió algo intolerable para el viejo. Un vecino del mismo bloque, pero del portal de al lado, se acercó a coger parte de los restos pisoteados de laurel. A cada paso que daba en nuestra dirección, el viejo se ponía más y más nervioso. Cuando entró al jardín, le gritó: “¡eh!, ¿dónde vas tú?”, a lo que el vecino respondió: “el jardín es de todos y yo cojo laurel por que el jardín es de todos”.

El viejo, sin duda poco amante de las discusiones verbales, entró con parsimonia en su casa, y salió al balcón con una escopeta de caza en las manos. El vecino le vió y salió corriendo, mientras profería esa amenaza tan terrible en las provincias: “¡ahora mismo llamo a la Guardia Civil!”

El viejo se sentó en el balcón con su escopeta y siguió vigilando su laurel, convertido en héroe por un día, hasta que efectivamente apareció la Guardia Civil. Desgraciadamente, no sé cómo acabó la cosa, ya que estuvieron hablando con el viejo dentro de su casa.

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