Espejismos de éxito

Érase una vez un joven que se vió en la delicada tesitura de acabar el bachillerato sin saber aún cuál era su vocación. Lo único que sabía sobre sus propias preferencias era que no le gustaba esforzarse, y que pese a ello quería ganar dinero a espuertas; se dice incluso que consideraba su gusto de lo más original. Entonces escuchó las palabras mágicas: administración y dirección de empresas.

Los tres sustantivos sonaban como tres cañonazos, administración y dirección prometían trabajar poco y sentado, y empresa, ¡ah!, ¡empresa!, prometía grandes sumas de dinero, elegantes atuendos y gomina a gó-gó. Podían haberla llamado la carrera del éxito, pero eso hubiera sido demasiado obvio. Sus abuelas iban a fardar de lo lindo en la cola del pan.

El muchacho se matriculó, aconsejado por un tío suyo medio analfabeto, en una universidad que había abierto dos meses antes y en cuyo nombre aparecía seis veces la palabra europea. Al ser privada, se pasó por alto el espinoso asunto de la nefasta calificación obtenida en selectividad. El rector era argentino.

El joven cursó con relativo éxito el primer curso. Tan sólo le quedaron las mates, para Septiembre, y las sacó con ayuda de un profesor particular que contrató su padre. Era ésta una buena noticia, pues teniendo completo el primer curso podía acceder a una beca para pasar un año en el extranjero, estudiando segundo curso, y así lo hizo. Cómo le interesaba perfeccionar su nivel de inglés, escogió Dinamarca como destino (?). Las abuelas dejaron de alardear de ésto último cuándo al fin comprendieron que todos los nietos del mundo actual hacían lo mismo.

En Dinamarca, amén de hacer el garrulo, conoció a una encantadora joven danesa llamada Gretchen. Ella estudiaba biología, y además era bastante culta; incluso hablaba español bastante bien (entiéndase, bastante bien para pertenecer a esa tierra de salvajes). Como ella le gustaba, nuestro joven protagonista se permitió el exceso de escucharla cuándo se ponía a hablar de temas aburridos, como de historia, de ciencia y demás.

A través de ella descubrió cosas que le sorprendieron. Como por ejemplo, que la mayoría de las multinacionales que existen hoy en el mundo fueron fundadas hace más de 100 años, ¡antes de existir la carrera de administración y dirección de empresas! Le sorprendió también sobremanera que la mayoría de los grandes empresarios de la historia de la humanidad, como fueron por ejemplo Thomas Alva Edison y Henry Ford (de éste último era la primera vez que oía hablar), no sólo no hubiesen estudiado “para ser empresarios”, si no que en la mayoría de los casos habían estudiado carreras científicas o ingenierías, o al menos se habían interesado profundamente por ellas de forma extraoficial. Al final logró liarse con Gretchen, pero lo dejaron el día que él regresó a España.

Acabó el tercer año sin problemas, y logró que le contratasen en una inmobiliaria. Por sus manos pasaban enormes cantidades de dinero, pero en su cuenta bancaria apenas veía 900 € mensuales. La corbata colorida y el traje (que le obligaron a comprar con su dinero) le hicieron olvidar su inframileurismo sólo durante los dos primeros meses. El pelo engominado le mantuvo en pie medio mes más. Aquel era un trabajo basura. Pensó en despedirse, pero no hizo falta, la empresa había quebrado y el dueño, un sujeto del que desconocían todo, incluso el nombre, había desaparecido. Nadie le pagó ese medio mes. Había llegado la crisis.

Aquel era un trabajo basura, impropio de un administrador y director de empresas. ¿O quizá no?

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Henry Ford se rie de vosotros desde ultratumba

Henry Ford se ríe de vosotros desde ultratumba

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Éste post va dedicado a todos los ingenuos que aún creen en los atajos.

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7 Respuestas a “Espejismos de éxito

  1. Pingback: Administración y dirección de empresas, ¿el camino del éxito?

  2. La gracia es que muchos capullos han llegado lejos haciendo eso precisamente: El capullo
    claro que esos o tienen ciertas habilidades bucales especiales o un enchufe mas grande que cualquier compañia electrica…o ambas cosas
    Y luego nos joden a los demas con sus “grandes capacidades de “gestion”” o mejor dicho : indigestion

  3. Da la casualidad de que sé muy bien de lo que hablas.

    Antes de decidirme a ingresar en Magisterio, esa maravillosa jaula de grillos y mujeres bien peinadas, cursé un año de Empresariales, el hermano pequeño de LADE.
    Por qué lo hice, teniendo en cuenta que para entonces yo YA quería ser maestra, sería muy largo de explicar aquí y además, no viene al caso.

    Desconozco cómo es una clase de Empresariales tipo (quiero decir, con gente de 18-20 años) porque yo acudía por las tardes y la media de edad rondaba los 27 ó 28. Había profesoras más jóvenes que los alumnos.

    Sin embargo, a pesar de ser gente “tan mayor” (y en teoría, tan madura), la mayoría tenía la típica cara de que se la soplaba la economía, la contabilidad y la madre que parió a las balanzas de pagos. A mí también, por eso me fui. Pero ellos SE QUEDARON. ¿No es asombroso?

    En aquella clase, casi nadie sacaba sobresalientes porque casi nadie tenía ningún interés en nada. (Paradójicamente, yo si los saqué, fue un año muy raro en mi vida). Todos estaban allí por “hacer algo” pero, como digo, les importaba un pepino lo que nos contaban.

    Sin embargo, el día que un profe de economía española y mundial nos dijo aquello de “No os preocupéis, no seré muy duro en el examen. Al fin y al cabo, la mayoría acabaréis llevando la contabilidad de una pastelería y para eso no es necesario saber calcular el P.I.B.” las caras de indignación fueron terribles y hasta hubo protestas.

    ¿Tanto esperaban mis compis de aquella diplomatura?

    Aaaaah, la mente humana, qué gran misterio.

    Genial el post, como siempre.

  4. Gracias Jenny, así da gusto. Aunque también molaría que dejase un comentario algún memo corporativista.

    Tu historia de la pastelería es genial, especialmente por sus furibundas consecuencias. Vislumbraron el fantasma del fracaso, o mejor dicho, de la ausencia de éxito absoluto. Todos esos sujetos, incluso los que se dormían en clase y los que copiaban en los exámenes, confiaban en salir de allí convertidos en unos gigantes industriales, en auténticos magnates. Pero el tiempo pasaba, y se sentían igual de pobres e igual de ignorantes que al principio. Entonces llega ese aguafiestas a hablarles de contabilidad en una pastelería, ¡horror! Asististe a un fenómeno antropológico de primer orden.

    Un saludo, nos vemos.

  5. Me ha gustado mucho esta revisión del cuento de la lechera.

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