Archivo mensual: diciembre 2011

Estampa festiva

Como en otras localidades de España, en las fiestas de mi ciudad se celebran los llamados toros de fuego. Se trata de un acto no demasiado cosmopolita, de modo que explicaré en qué consiste.

Se trata de una especie de encierro simulado, en el cual, en lugar de correr delante de los toros, se corre delante de unos tipos disfrazados de toro con una estructura de chapa a las espaldas. Sobre ella se coloca una nutrida batería de petardos y “correpiés”, unos cohetes sin vaina que vuelan sin dirección fija, causando pánico, emoción y alguna que otra quemadura entre corredores y asistentes a partes iguales.

Hace no muchos años, los “correpiés” terminaban su vuelo explotando con bastante intensidad, pero se prohibió éste extremo después de que más de uno perdiese los dedos de la mano, y lo que es peor, el reloj, tras intentar lucirse agarrando el “correpiés” y arrojándoselo a la concurrencia, a la novia, etc… (el gag estrella). Aquí dejo una foto para más claridad del concepto:

Una imagen vale más que mil palabras

Éstos magnos eventos suelen estar programados a altas horas de la noche, pero siempre se reserva alguno para “horario infantil” por razones profundamente antropológicas que comprenderemos más adelante.

Con la llegada del siglo XXI, y tras una denuncia por quemaduras, el Ayuntamiento tomó la decisión de poner coto al toro de fuego de “horario infantil” sin previo aviso. Se organizó todo como siempre, pero al “toro” no se le instalaron los temibles correpiés. Las consecuencias no se hicieron esperar. A continuación narro la escena de la que fuí testigo:

Cuando los asistentes comprobaron que en aquel toro de fuego no era peligroso, empezó a cundir el desánimo. Nadie sabía muy bien que hacer, hasta que un anciano tomó el mando arreando un bastonazo a la carcasa de chapa del toro de fuego.

El individuo que iba debajo levantó la chapa para ver que pasaba, y se encontró cara a cara con el anciano, que con pose flamenca dijo:

– Ésto es una mierda, no lo queremos.

El operario intentó disculparse aludiendo a su falta de responsabilidad en las decisiones del Ayuntamiento. Mientras decía ésto, una pequeña turba ya había rodeado al concejal de festejos y lo estaba zarandeando. El anciano respondió:

– Ésto no tiene perdón de Dios, ¡yo que traigo aquí a mi nieto pa’que no me salga maricón!

Ante semejante declaración, el anciano fué aclamado como un prócer por la multitud, que empezó a zarandear al tipo del disfraz. Alguien volcó un contenedor, y ya empezaban a caer pedradas. El hombre-toro acabó, no sé muy bien cómo ni por qué, arreando al concejal de festejos, y poco después la policía tuvo que ayudarles a atrincherarse en la plaza de toros.

El pueblo habló, una vez más, dejando claras sus prioridades, aspiraciones y anhelos.