Archivo mensual: octubre 2013

El código del feriante

Cuando era crío, compartí aula con un chaval cuyo padre era feriante. Éste chico había llevado una vida bastante dura, y tenía más calle que todos nosotros juntos; incluso físicamente aparentaba ser mucho mayor que cualquiera de sus compañeros.

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Un buen día, en el recreo, y con la feria a punto de llegar a la ciudad, nos dijo: “¿sabéis?, los feriantes tenemos un código secreto para entrar gratis en todas las atracciones”. Naturalmente ésto captó nuestra atención, y todos empezamos a rogarle que nos revelase el código.

Él nos escuchó a todos muy serio, y cuando acabamos, estirándose y poniéndose muy digno, apostilló: “No puedo, el código del feriante es un secreto que se transmite de generación en generación”.

Al acabar el día, conseguí apañármelas para quedarme a solas con él. Apelé a nuestra larga amistad, a mi discreción, … y al final logré convencerle. Con mucha seriedad y ceremonia, y tras advertirme del valor del secreto que depositaba en mí, me reveló el código del feriante:

“Soy feriante. Déjame entrar”

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Los peligros del “todo gratis”

Fiestas patronales en una pequeña ciudad española; siglo XXI. Aclaremos, siglo XXI después de Cristo.

El Ayuntamiento organiza una paella popular. Cientos de jubilados hacen cola desde primeras horas de la mañana para ser los primeros en recibir su ración.

Pasan las horas, aumenta la cola, ya queda poco tiempo. Alguien comenta que no habrá paella para todos; el mensaje se propaga, cunde el pánico.

Vuelan las vallas que marcaban la fila, los organizadores intentan mantener el orden y se llevan un buen chorro de hostias. A uno le rompen un brazo de un bastonazo.

La horda aborda la paellera gigante con ansias pantagruélicas, llegando a servirse incluso con las manos desnudas. Uno se cae dentro de la gigantesca paellera. No hay dolor, hay paella; es gratis.

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Los afortunados que han logrado coger su ración, huyen de allí para comérsela en un lugar tranquilo, igual que éste simpático mapache:

Cuando se disuelve el tumulto, el lugar queda cubierto por una decena larga de ancianos caídos en la refriega, quejándose de  diversos dolores, al más puro estilo de los campos de batalla medievales.

Sin duda, valió la pena.

¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?

Hoy les traigo, queridos lectores, una muestra más de mi progresiva decadencia moral. Y es que, por primera vez en la historia de éste blog, voy a hacer algo parecido a publicidad.

Verán, hay por ahí un blog realmente cojonudo llamado Fogonazos que sigo desde hace años. Resulta que su autor está moviendo cielo y tierra para editar el siguiente libro:

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He tenido la suerte de poder leer una pre-edición, y creo que puede gustar al lector habitual de mi blog. El libro se compone de relatos cortos que parecen de literatura fantástica, aunque todos ellos son descripciones fieles de sucesos reales. Muchos de ellos tratan sobre astronautas, otros sobre asuntos guerrafrieros, pruebas nucleares, experimentos científicos, enfermedades neurológicas, etcétera… que nos dejan con la impresión de que el mundo es un lugar mucho más raro y fascinante de lo que nunca hubiéramos imaginado.

Si os parece interesante, podéis colaborar a través del siguiente crowdfunding.

Por último, os dejo una de esas cosas absurdas que nos ha traído el siglo XXI, el tráiler de un libro:

Borracheras no lineales

Así se enseña el concepto matemático de no linealidad en mi antigüa facultad:

“Imagina que sales de juerga una noche y te tomas un whisky. ¿Bebes con la idea de pasarlo bien, verdad?

Si bebes dos whiskys, probablemente lo pases mejor… pongamos, dos veces mejor. ¿Lo pasarás tres veces mejor si bebes tres?, ¿y cuatro veces mejor si bebes cuatro? No está tan claro. Vayamos a un ejemplo más dramático, ¿lo pasarás veinte veces mejor si bebes veinte whiskys?

Seguramente no, probablemente incluso te mueras. De manera que la relación entre el número de whiskys y la diversión es claramente no lineal.”

El alegre bebedor, de Frans Hals

El alegre bebedor, de Frans Hals

Puede ser una buena excusa para la próxima vez que se emborrachen más de la cuenta: pensé que la aproximación de primer orden sería suficiente, pero olvidé calcular el error de la expansión de Taylor.

España está que se sale: el meridiano y la hora oficial

Artículo publicado originalmente en Naukas:

Cada poco tiempo resucita el debate sobre si la hora oficial de España es o no la más adecuada. El más reciente, a la fecha de escribir éste artículo, sucedió en Septiembre de 2013, dejándonos entre otras cosas el recuerdo duradero y vergonzante de un ministro sin puñetera idea de la geografía de su propio país.

Los temas relativos al horario suelen levantar agrias polémicas a nivel de calle, y si no, esperad al próximo cambio de hora y su monográfico bianual en los telediarios.

Para que los temas horarios no nos pillen desprevenidos, nada mejor que hacerse preguntas: ¿qué diablos pasa con la hora oficial española?, ¿por qué hay quién sostiene que “es incorrecta”?, ¿cómo puede ser incorrecta una hora oficial? Intentaré explicarlo.

Todo se debe a que el concepto de hora atiende a dos necesidades que a veces no se reconcilian bien:

  1. Permitir coordinarse en el tiempo (coordinación global).
  2. Determinar la altura del Sol (fenómeno local).

El primer objetivo podría lograrse magníficamente utilizando una hora universal única, como la Greenwich Mean Time (GMT) o la Hora de Internet[1]. Pero tradicionalmente el hombre ha medido el tiempo usando la posición del sol, y queremos seguir haciéndolo. A todos nos resultaría chocante la posibilidad de que, por ejemplo, amaneciese a las 18:00, o anocheciese a las 2:00. El problema es que la altura del sol en un momento determinado es diferente en puntos diferentes de la Tierra… de modo que para no tener una hora diferente en cada ciudad y pueblo, es necesario adoptar una hora oficial para todo un territorio relativamente grande.

En resumen, en lugar de coordinar globalmente, se coordina localmente en áreas lo suficientemente grandes. Una solución de compromiso.

La manera de escoger ésta hora oficial para que no se aleje demasiado de la hora astronómica suele ser la siguiente:

Primero se divide la esfera terrestre en 24 husos horarios idénticos. La hora correspondiente a cada uno consigue poniendo los relojes a las 12:00 cuando el sol pasa por su punto más alto en el centro de cada huso. Después, las regiones así definidas se deforman para que se adapten a las fronteras políticas, permitiendo que cada país decida.

El mapa de zonas horarias resultante tiene en la actualidad el siguiente aspecto:

Pulsar para ampliar. Fuente: wikipedia.

Pulsar para ampliar. Fuente: wikipedia

En éste mapa se observan multitud de anomalías y curiosidades. Por ejemplo, pese a la enorme extensión de China, la hora oficial es única por motivos políticos. Por otro lado, si uno se molesta en contarlas, verá con sorpresa que aparecen bastante más de 24 zonas horarias oficiales.

Pero hagamos zoom para estudiar el caso español. En el siguiente mapa se muestra la zona horaria española y centroeuropea (CET) en verde y el huso horario correspondiente a esa zona horaria en verde transparente.

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En verde, la zona horaria CET. En verde transparente, el huso horario correspondiente.

Como puede verse, España (y también a Francia y el Benelux) encajaría de forma mucho más natural en el siguiente huso horario.

¿En qué se traduce esto?, veámoslo imaginando la llegada de la noche[2]:

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The darkness is coming

Como puede verse, la noche y el amanecer llegan a España unas dos horas después de que lo haga a Polonia… país con el que compartimos zona horaria.

Os propongo el juego/experimento del “cielo polaco”: intentad poneros en su lugar, esto es, salid a la ventana, mirad el cielo, e imaginad que vuestro reloj está adelantado dos horas. Ese es el cielo polaco, y el de muchos otros lugares cuya zona horaria está “bien colocada”.

De aquí que haya quien proponga que adoptemos la hora británica … o mejor dicho, que volvamos a adoptarla, pues es la que se utilizó en España y Francia hasta la segunda guerra mundial.

Y hasta aquí el fenómeno geográfico/astronómico. En cuanto a los posibles beneficios en cuanto a consumo de energía, horarios laborales y demás, no me pronuncio. ¿La razón?, que no he reflexionado lo suficiente sobre ello como para tener una opinión, y tanto cambiar la hora como dejarla como está me parecen opciones defendibles.

Aprovecho, por cierto, para recomendar un par de links del excelente blog “Ya está el listo que todo lo sabe” al respecto del horario español, y la ubicación del meridiano cero.


[1] Quizá algunos recuerden éste proyecto; cosechó un tímido éxito a principios de la década de los 2000, con el auge de Internet y su correspondiente empujón a las telecomunicaciones.

[2] Basado en simulaciones con Google Earth para un 21 de Marzo.

 

Nacionalismo bipolar

Recientemente he descubierto mi verdadera naturaleza. Al igual que muchos de mis compatriotas, soy un nacionalista a ultranza… y al igual que la mayoría de ellos, soy un nacionalista esquizofrénico, o bipolar, si lo prefieren.

Soy un nacionalista bipolar porque tan pronto digo que amo a mi país, como promuevo boicots contra regiones del mismo, a ser posible contra “exportaciones” que aclaren su procedencia en el propio nombre.

Soy un nacionalista bipolar porque amo a mi país, a todo él, pero jamás pondría un pie en aquel sitio en el que a mi primo no le saludaron en castellano, aquella vez.

Soy un nacionalista bipolar porque en la misma frase soy capaz de asegurar que los vascos, los catalanes o los andaluces son parte esencial de España y a continuación llamarles sucios extranjeros, y escupir al suelo.

Soy un nacionalista bipolar porque me encanta reabrir el tema de Gibraltar, sin temor a hacer el ridículo internacional por enésima vez.

Nacionalista bipolar español, enseñando a los catalanes lo que se pierden

Nacionalista bipolar español, enseñando a los catalanes lo que se pierden

El pasado 11 de Septiembre, conocí a un verdadero patriota bipolar en un restaurante madrileño. En la televisión apareció una noticia intolerable, Cataluña celebraba la Diada, una auténtica provocación. El patriota recogió el guante, y con muchos golpes en la mesa gritó, para que todos pudiéramos oírle:

“¿qué clase de país infame puede celebrar una derrota militar?”

Inmeditamente reconocí en él a uno de los míos y sentí simpatía hacia él, y me sentí orgulloso de encontrarme en Madrid, una comunidad que celebra su día de la región todos los 2 de Mayo, en conmemoración, como todos saben, de la aplastante victoria de Curro Jiménez contra la Grande Armée a las puertas mismas de París.

Algunas veces la niebla del odio se disipa un poco, y siento una especie de epifanía de claridad. El otro día, por ejemplo, en la televisión escuché a un nacionalista turco hablar de los kurdos y del norte de Chipre. Por un momento me pregunté si mi discurso sonaría tan disparatado y lleno de rencor como el suyo, pero rápidamente me consolé: “¡claro que no!, ¡es un caso totalmente diferente!”

Epílogo: me temo que la siguiente parodia cabreará a más de uno. Incluso, a algunos de mis amigos… pero en fin, para eso sóis amigos. Sumadlo a la cuenta de la infinidad de días que tuvisteis que traerme a casa borracho perdido, o cuando tuvimos que enterrar aquel cadáver :p

Quede claro que no simpatizo demasiado con ningún tipo de nacionalismo. Como Phil Collins, el nacionalismo tuvo su momento de gloria en el pasado (siglo XIX, fundamentalmente), pero a éstas alturas suena caduco.

Por otro lado, si aquí critico al nacionalismo español más “mainstream” es porque, por azares geográficos, es el que mejor conozco. Además, me parece una manera especialmente destructiva de pensar en el propio país.

Recientemente, he tenido el privilegio de compartir varios días con divulgadores científicos procedentes de todos los rincones de España (y México), y nada de ésto hubiera sido posible si nos viésemos los unos a los otros como rivales.

Dos días

Hoy me ha dado el punto introspectivo, y en lugar de castigar sus retinas con las habituales mamarrachadas soeces, voy a contar la historia de dos días de mi vida que no creo que olvide jamás.

Día 1:

Llegué muy temprano, de la mano de mi padre. Me llevó a ver el aula, todavía vacía y con las luces apagadas, en la que iba a estudiar. Mi padre me hizo notar, seguramente para intentar tranquilizarme, lo bonita y lo grande que era. “Y éste pedazo de aula para vosotros solos”.

Irónicamente, estuve tranquilo hasta el momento que oí ese comentario. La perspectiva de quedarme solo con un montón de niños, sin ningún adulto, me inquietaba bastante. Aún tenía fresco el salvajismo que reinaba en la guardería cuando los adultos no miraban. “¿Pero es que no hay profesor?”, pregunté. Y pronto mi padre me aclaró que sí, y volví a tranquilizarme.

Mi profesora se llamaba Nuria y mis padres me habían insistido en lo buena y cariñosa que era… y era cierto, pero acababa de conocerla y me infundía un poco de miedo. Como de costumbre, una de las primeras cosas que hizo al entrar fue dibujar unos garabatos en una esquina de la pizarra. Sabía que eran letras, pero no sabía qué significaban. Hoy sí lo sé, y es gracias a Nuria.

En la pizarra ponía Lunes, 26 de Septiembre de 1988. Era mi primer día de escuela.

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Día 2:

Acababa de comenzar el buen tiempo, y eso acentuaba aún más la sensación de cambio inminente.

Entré al examen confiado, había estudiado mucho y bien. Sucedió algo que nunca antes me había ocurrido, la profesora nos pidió permiso para fotografiarnos, y naturalmente se lo concedimos.

Era un examen de Procesos moleculares. La asignatura exigía sacar un buen arsenal de artillería pesada: química básica, mecánica cuántica, teoría de grupos, etc

Dejé el ejercicio más duro de todos para el final, y tras un rato peleando lo logré hacer. Me puse a repasar el examen, y cuando empecé a revisar el último ejercicio tras constatar que los demás estaban bien, mis ojos se llenaron de lágrimas. Un tiarrón de noventa kilos emocionado ante un examen de física molecular debía de ser todo un espectáculo, pero no me avergüenza reconocerlo. Sabía que en el momento en el que entregase ese examen, terminaría definitivamente mi primera juventud.

Hice una última comprobación de perro viejo: asegurarme de haber escrito mi nombre. Ahí estaba, junto a la fecha.

Era el Miércoles 20 de Junio de 2012. Tras años de esfuerzo titánico, esa tarde abandoné la Universidad con una licenciatura en física bajo el brazo, y con la certeza, confirmada hasta el día de hoy, de que la iba a echar de menos.

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