Archivo mensual: junio 2014

Thriller psicológico

La película comienza con un tipo cenando una pizza precocinada.

Se acuesta, y no recuerda si ha apagado el horno.

Se levanta a comprobar si lo ha apagado, y así es. Todo está en orden.

Vuelve a acostarse, pero al rato siente la necesidad de volver a comprobarlo.

Así una y otra vez hasta llenar 2 horas y media de metraje. Por supuesto, todo en blanco y negro y utiliando el magiar (con subtítulos) como único idioma vehicular.

csb

Pero hay una sorpresa; la obra no termina con los títulos de crédito. Precisamente es entonces cuando empieza la diversión, la transgresión de las fronteras tradicionales del arte. Mejor dicho, unas pocas horas después: cuando empiecen a menudear los críticos mediocres impresionados por la falsa profundidad del filme.

Y es que con la entrada, se compra también el derecho a molerles a collejas.

Se lo digo yo, una obra de arte inmortal.

Pero sólo fue un gemido

Esta mañana me someto a una pequeña intervención quirúrgica; un buen momento para bendecir mi suerte por haber nacido después de la invención de la anestesia.

No he podido evitar recordar el magnífico libro de Jürgen Thorwald “El siglo de los cirujanos”, que aprovecho para recomendar.

El-siglo-de-los-cirujanos.-Jrgen-Tho[2]

Copio aquí un breve pasaje que en su día me impresionó enormemente, y que narra una brutal anécdota sucedida en el Massachusetts General Hospital hacia 1822:

Trajeron a la «arena» el tercer caso. Warren y Hayward se frotaron rápidamente las manos con un paño. Un «dresser» trajo agua nueva, enjuagó las esponjas ensangrentadas, limpió los instrumentos con un trapo manchado y colocó sobre la mesa un torniquete y una sierra de huesos.

El marinero cuyo muslo tenía que ser amputado a causa de una gangrena originada por una fractura de tibia era un tipo gigantesco, de cabello y barba blancos. Antes de acostarse para ser operado, pidió un poco de tabaco para mascar. Después dijo a los enfermeros que le dejaran en paz y que no era necesario que nadie le sujetara. Warren le dirigió una mirada sarcástica. Sin duda había oído ya demasiadas manifestaciones heroicas de este tipo por boca de otros hombres, y presenciado también otros tantos lamentables derrumbamientos.

Hayward puso el torniquete un poco más arriba de la zona de amputación, con el fin de poder refrenar la hemorragia en el momento de operar. Warren se subió una vez más los puños de la camisa que entretanto ya se habían manchado.

Apenas hubo desaparecido el tabaco tras los labios del paciente, Warren, mediante un rápido corte circular llevó su cuchillo hasta el fémur y con una fuerza que hasta entonces yo no había supuesto en su flaco cuerpo, separó la piel, los músculos y los vasos. El marino escupió el tabaco, dio un gemido y sus rojas manos se crisparon agarradas a la cabecera de la mesa de operaciones. Hayward con ambas manos echó piel y músculos hacia atrás en dirección al torniquete. Warren cogió la sierra y con escasos movimientos de vaivén cortó el hueso que había quedado al descubierto. Uno de los enfermeros cogió el miembro amputado y se lo llevó de la sala, mientras Hayward sacaba del muñón los vasos cortados y Warren los iba ligando.

Yo esperaba en vano que el marinero gritara. Verdad es que se agarraba con todas sus fuerzas a la mesa, pero lo más que salió de la boca fue un débil lamento. Únicamente gimió una vez más pidiendo tabaco con voz ahogada, cuando Hayward, junto con algunos vasos extrajo unos nervios, los cuales, según me había contado mi padre, producen al tirar de ellos, los dolores más horribles. Pero sólo fue un gemido (…).

Cuando el marino fue sacado de la sala, se produjo en nuestras filas cierta agitación. Los estudiantes de más edad iniciaron un aplauso. Dirigieron al marino palabras de elogio por su comportamiento hasta que Warren, de una sola mirada, restableció el orden.

Al humor

Donar el cuerpo a la ciencia se ha convertido en un lugar común… una cosa vulgar.

Cuando yo muera, donaré mi cuerpo al humor. Sí, al humor. Que se destine a chanzas y chistes de todo tipo.

¿Alguien quiere gastar una broma pesada que requiera una mano humana?, que usen la mía, ya que a mí no me hará falta.

¿Los Morancos necesitan un cráneo para hacer una mala imitación de Shakespeare?, que cuenten con el mío.

Solo el ingenio y la imaginación son el límite.

Visto en ésta recomendable cuenta de Twitter

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