Cara de malo

Cuando falta

Hay quién sostiene que los cuentos infantiles obedecen a una necesidad evolutiva. Concretamente, la de advertir a los jóvenes humanos de los peligros que les esperan ahí fuera. “Ten cuidado, Pulgarcito, que te pueden pisar”. “Ojo en el bosque, Caperucita, que hay lobos”.

Es una idea interesante, pero no sé si me convence. Es más, le veo una pega importante. En los cuentos infantiles, el mal casi siempre adopta una forma irreal, histriónica y predecible. Hay lobos que intentan derribar casas a soplidos, brujas incapaces de ocultar sus intenciones antropófagas ni tan siquiera por un instante y, bueno, ya me entienden… personajes a los que les rebosa la mala hostia por todos los poros.

Pensaba en todo esto hace poco, viendo un documental sobre la mafia neoyorquina. Como no podía ser de otro modo, estaba bien surtido con algunos de los más peligrosos criminales del mundo del hampa. Hubo algo que me llamó la atención: la mayoría de sus rostros reflejaban la más absoluta mediocridad. Aquellos mafiosos tenían más de Fredo que de Vito Corleone. En sus caras no había muecas crispadas, ni cejas puntiagudas, ni ojos fanáticos, ni horribles cicatrices. Su presencia no venía precedida por música siniestra, ni por un cambio en la voz del narrador. Aquellos asesinos tenían más cara de vecino del quinto que de malo de película de dibujos animados.

Reconozco que me llamó la atención. A mis 36 añazos. Y eso que, como cualquier hijo de vecino, me he topado con mi cuota de hijoputas. ¿Será quizás que me leyeron demasiados cuentos?

Cuando sobra

En cierta ocasión se nos acercó, a mis amigos y a mí, uno de esos tipos que parecen vivir en los bares. Era un tipo de aspecto un tanto fiero, con una chupa de cuero, una barba cerradísima y una borrachera considerable. No gozaba de buena fama. Se rumoreaba que había estado involucrado, entre otras, en una pelea de bar que se saldó con uno de los protagonistas atravesando la ventana del local.

No recuerdo cómo ni por qué, acabó enseñándonos fotos de cuando era joven. En una de ellas parecía un auténtico malo de película. La ropa, la posición, todo… parecía sacado no ya de una película, sino del póster promocional. Lo mencionamos entre risas: “tío, vaya cara de malo”.

Nunca olvidaré su reacción. “¿Cara de malo?”, dijo, y de pronto su rostro fiero mostró una pena infinita. “Cara de malo”, repitió dos veces, como para sí. Ya no volvió a decir nada más. Estaba genuina y visiblemente triste. Recogió sus fotos y nos dejó ahí.

Pocas veces en mi vida he usado la expresión “herir los sentimientos”, pero en este caso viene como un guante. Nuestra broma, contra todo pronóstico, había herido los sentimientos de aquel tipo duro.

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