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Una estampa lisboeta

Abandonamos, satisfechos, un restaurante del barrio de Alfama. En la televisión se anuncia el próximo telediario, especificando la hora de emisión en ciudades de cuatro continentes: Lisboa, Río de Janeiro, Nueva York y Luanda.

Volviendo a la parte baja de la ciudad, descubrimos que en Lisboa hay un barrio chino. En él se pueden encontrar todo tipo de productos orientales, mientras los dependientes te atienden en un perfecto portugués. Continuando algo más hacia el sur se llega a una bonita plaza.

La plaza lleva el nombre de Martim Moniz, noble del siglo XII que se arrojó de forma suicida contra las puertas del castillo de Al-Ushbuna, impidiendo que estas se cerrasen y facilitando su asalto por parte de las tropas de Alfonso I. Hoy, Moniz es un héroe de la patria, y el castillo de Al-Ushbuna se conoce por el nombre, mucho más cristiano, de castillo de San Jorge.

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Bajo la atenta mirada del castillo, que preside la plaza desde la altura, una decena larga de chavales juegan al cricket, deporte muy poco ibérico. Los chavales, que seguramente sean tan portugueses como el que más, proceden de familias indias.

De pronto, se escucha más barullo del habitual. Suenan tambores, música alegre, y un centenar de personas entran bailando en la plaza. El ambiente festivo hace difícil creer que se trata de una manifestación de la comunidad guineana residente en Portugal.

Pocas estampas podrían ser más típicas que esta. La estampa de una ciudad que, tiempo atrás, aspiró a ser capital del mundo entero.

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¿Para qué dices eso?

 

Como algunos lectores saben, de vez en cuando doy charlas sobre ciencia allí donde tienen la amabilidad de invitarme. Mi anfitrión más fiel es la Universidad del País Vasco, a cuyo evento Naukas Bilbao peregrino año tras año desde 2013.

Fue aquel año, precisamente, cuando uno de mis compañeros de trabajo se interesó por aquellas charlas, y las estuvo viendo en youtube. [Pueden verse aquí]

Al día siguiente vino a felicitarme. Las dos charlas que dí aquel año le habían gustado y me regaló unos comentarios bastante elogiosos… sin embargo, de pronto se le ensombreció el rostro.

– Lo único que no me gustó, es eso que dices al final.

Pensé, por un momento, que quizá había dicho algo incorrecto. Incorrecto en el sentido de erróneo, inexacto (entiéndase mi falta de perspicacia; había pasado el fin de semana rodeado de un nutrido grupo de empollones vocacionales… como yo). Ante mi visible intriga, continúo:

– Sí, eso que dices al final. Esa cosa en vasco.
– ¡Ah!, te refieres a “Eskerrik asko”. Significa gracias.
– Sí… ¿para qué dices eso?

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Reconozco que en aquel momento la conversación empezó a irritarme, pero mantuve la compostura. Pensé que, quizá, mi compañero ignoraba que esas palabras, que pronuncié en castellano y euskera, las dije en San Sebastián.

– Pues porque iba como invitado de la Universidad del País Vasco.
– Pero tú no eres vasco.
– No, soy más castellano que el Cid, pero estaba en el País Vasco.
– Pues no lo veo bien.
– Tío, que significa gracias.
– En vasco.
– Sí, en vasco. Porque estaba en San Sebastián.

Y justo cuando pensaba que la conversación no podía acabar bien, mi compañero dijo una frase que pasó inmediatamente a los anales del humor:

– ¡Precisamente joder!, ¡con lo que allí se ha sufrido!

Ante semejante silogismo no pude sino recuperar el buen humor. De golpe. Tanto que no pude reprimir una carcajada tan sincera que hasta fue bien recibida por mi compañero.

Esta entrada se la debo, pues él ha sido quién ha desenterrado esta anécdota de mi memoria, a Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea). Un amigo que, entre otros méritos, seguramente esté en el top 5 de hablantes de euskera nacidos en Salamanca.

 

Las palabras mágicas

Hace unos meses visité la isla griega de Corfú. No es que yo sea un habitual de esta clase de destinos, pero alguien tuvo la idea de celebrar allí un congreso científico internacional.

Naturalmente, aproveché para visitar el lugar. Durante una de mis excursiones a Kerkira, principal ciudad de la isla, encontré una espectacular fortaleza renacentista construída en los tiempos en los que Corfú pretenecía a la Serenísima República de Venecia. Se me ocurrió fotografiarla y… al sacar el móvil comenzó mi aventura.

Un tipo que, en un primer vistazo me pareció un borracho, empezó a gritarme “no photo, no photo!”. No le hice caso. Acto seguido, entró corriendo a una garita militar, se calzó una gorra, y salió hacia mí como un miura. ¡Era un guardia de la Armada Griega! Al parecer, el edificio era todavía hoy un edificio militar y no podía ser fotografiado así como así.

La fortaleza de la discordia

La fortaleza de la discordia

Echó a correr hacia mí bramando, “No photo!, navy property!, where are you from!?”. Yo veía pasar toda mi vida ante mis ojos, y solo acerté a decir: “Hispaniká!… Messi!, Barça!”

Y el absurdo sortilegio surtió efecto. Ante la invocación de Messi, auténtico Aquiles de la época moderna, se dibujó una enorme sonrisa en la cara de mi otrora enemigo. Ya más lentamente, y con los brazos abiertos como signo internacional de bienvenida, se acercó a mí, me palmeó la espalda amistosamente mientras decía: “Messi, gol”

Tras interesarse sobre mis preferencias futbolísticas y baloncestísticas, no recuerdo cómo acabé contándole que a pesar de ser español, trabajo y vivo en Holanda. Eso terminó de despertar su simpatía, casi diría su conmiseración, pues le pareció una desgracia considerable vivir en un lugar como este. Empezó hablando de la mala calidad de la comida nórdica, y acabó dedicándome un encendido y delicado discurso sobre las virtudes de la mujer mediterránea en general y la griega en particular, que ilustró elocuentemente señalando a las paisanas que por allí pasaban en aquel momento.

Incluso me preguntó si quería irme de copas con él al acabar su turno, arriesgada invitación a la que tuve que declinar por tener otros compromisos. Y todo gracias a las palabras mágicas. No las olviden, queridos lectores:

“Messi, Barça, Gol!”

El adulto

Vuelvo a las andadas tras unos meses de inactividad blogueril. He estado muy ocupado emigrando a los Países Bajos (más detalles aquí), y la periodicidad del blog se ha resentido… pero vuelvo a las andadas con un relato autobiográfico.

Era un profesor de gimnasia (perdón, de educación física) muy poco ortodoxo.

Le gustaba dárselas de severo, pero todos sabíamos que era un cacho de pan. El primer día de clase nos explicó la importancia de la teoría en la educación física, recalcando que estábamos muy equivocados si creíamos que la cosa iba solamente de correr y jugar al fútbol. Tanto era así, que amenazaba con enseñarnos contenidos teóricos, de hincar los codos. Incluso puede que hubiese un examen. Eso sí, dependiendo del número de días de lluvia, porque no pensaba impartir clases teóricas bajo un sol radiante.

Nunca le vimos correr. Pasaba la mayor parte de las clases fumando un cigarro tras otro en las gradas tras arrojarnos un balón. Quizá mi memoria de niño me falle, pero juraría que solía usar botas de piel de serpiente.

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En una ocasión, un loco que merodeaba por el barrio, generalmente inofensivo, pegó una pedrada al Javi (tras diversas provocaciones por parte de este último, todo hay que decirlo). Acudimos todos en busca del consejo del profesor, único adulto responsable disponible, llevando al Javi en volandas con la frente chorreando sangre.

– Profe, que le han abierto la cabeza de una pedrá al Javi.

El profesor nos miró de arriba a abajo. Evaluando la situación, dio una calada al cigarro. Pareció que se disponía a hablar, pero se detuvo en seco. Con gran parsimonia volvió a chupar el cigarro y sin levantarse siquiera exclamó, en tono definitivo:

– ¡Pues mal!

Y… esa fue toda su contribución.

La abducción

Dejo aquí una crónica real de un hecho inaudito que me sucedió muy recientemente, y que ha explicado mi silencio blogosférico en las últimas semanas.

Tras un viaje largo y confuso, algo aturdido y con dolor de cabeza, me vi en una habitación luminosa.

Me rodeaban unos seres muy blancos, altos y desgarbados que se comunicaban entre sí mediante un extraño lenguaje gutural.

Estos me observaban atentamente, con mirada curiosa y penetrante. La mirada inequívoca de un ser de inteligencia superior.

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Con firme amabilidad, aquellos curiosos seres me sometieron a una pequeña serie de pruebas para evaluar mis capacidades.

A la mañana siguiente, desperté en una habitación de hotel preguntándome si todo habría sido un sueño. Pero rápidamente confirmé que todo había sido real pues, ¡aquellos seres me habían enviado un email!

Me comunicaban que superé las pruebas. Fui contratado por aquella universidad holandesa.

Coñas aparte, me voy a los Países Bajos en calidad de investigador. Seguiré escribiendo desde otras latitudes.

 

Intolerancia útil

Sucedió en un pequeño pueblo de Guadalajara, enmarcado en el conocido como triángulo del frío, la Siberia española, donde como te descuides se te congela hasta el agua del wáter.

Uno de esos pueblos que, como apellido a su nombre, indican la demarcación judicial correspondiente… partido de Molina en el caso que nos ocupa.

El tabernero del lugar estaba harto de las interminables partidas de mus, que le obligaban a cerrar a las tantas. Había intentado echarles por las buenas en numerosas ocasiones, siempre sin éxito.

Recreación aproximada

Recreación aproximada

Pero si algo no falta en esas duras tierras es inventiva. Un día, el tabernero ideó una solución ingeniosa. En uno de sus viajes a la metrópoli más cercana (a la sazón, Molina de Aragón), regresó con una cinta de vídeo.

Esa noche, al sonar la 1 en el reloj del Ayuntamiento, el tabernero salió de la barra y puso la cinta en el televisor del bar. Contenía una película de porno gay bastante explícita.

– ¡Quitaeso!, ¡cagüensandiós!
– ¡Venga!, ¡pa casa!

Hubo quejas, blasfemias y réplicas, pero el truco funcionó con inusitada rapidez.

Para que luego digan, hasta de la intolerancia se pueden sacar aplicaciones prácticas.

¿Dónde?

Hace ya unos años me vi metido en un viaje organizado. De esos con guía, autobús, y comidas incluídas. Por Europa occidental, para más señas.

Es una apreciación personal, mera cuestión de gustos, pero este tipo de turismo me pareció insoportable, y dudo que vuelva a repetirlo mientras conserve el sano juicio. Sin embargo, en aquel viaje conocí a verdaderos fanáticos del turismo organizado.

Había un grupo formado por dos parejas cercanas ya a la tercera edad, que no solo estaban encantados sino que además vacilaban de su amplia experiencia en viajes organizados. Curiosamente, pese a lo magnífico del viaje, no podían dar dos pasos sin comparar todo con España, que por supuesto siempre salía ganando.

¿El palacio de Versalles?, una vulgar imitación de El Escorial. Y el Corte Inglés no tiene nada que envidiar a las galerías de “Al-Fayed”, que es como los paletos llaman a Lafayette.

¿La cerveza belga?, quita, quita, dónde esté una Mahou bien tirada.

¿Los walletjes de Amsterdam?, bah, dónde esté la sordidez castiza de la calle Montera que se quiten estas moderneces.

¿El Rin?, no está mal, pero ahora que han represado el Manzanares está la mar de bonito.

Parecía como si su afán viajero obedeciese a la necesidad de confirmar, una y otra vez, que hubieran hecho mejor quedándose en casa.

El caso es que les caí en gracia, y estuvieron hablándome de su viaje del año anterior: Estambul y la Capadocia. Tuve la ocurrencia de preguntarles por Santa Sofía, y tras mirarme extrañados me dijeron que eso no estaba en Estambul.

– “¿Cómo va a estar Santa Sofía en Estambul, si Estambul es un país moro?”

Ante tal silogismo nada pude oponer, pero me pregunté: nuestros Marco Polos particulares… ¿dónde cojones estuvieron?

Cosas que se ven en el mundo real

Cosas que se ven en el mundo real