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El regalo de cumpleaños

Lo que refiero a continuación es un hecho real, tal y cómo me lo refirió un primo mío, protagonista de la historia.

Para su décimo cumpleaños, pidió unas figuras de Warhammer. ¿O eran unas cartas Magic? No lo recuerdo bien, y su madre tampoco… de modo que decidió llevar al cumpleañero directamente a la tienda de juegos de rol. Así podría escoger él mismo.

En su interior, un grupo de jóvenes, pasada ya holgadamente la veintena, jugaba una partida. Un par de ellos repararon en que el niño cumpleañero estaba dando sus primeros pasos en el mundo de los juegos de rol. No pudieron callarse: presumieron de su amplia colección, se burlaron de que el chaval no conociese los arcanos del rol, como la diferencia entre un hombre lobo y un licántropo y, con condescendencia, zanjaron: “No te preocupes, chaval. Así se empieza, ¡ya verás, ya, cuando tengas nuestra edad!. Serás como nosotros”.

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Dramatización

De vuelta a casa, el jovencísimo cumpleañero se encontraba taciturno. Su madre lo notó. “¿Qué pasa, hijo?, ¿no te gusta tu regalo?”, dijo. “No, no, no es eso mamá”, respondió este.

Tras un silencio incómodo, la madre dijo: “Venga, suéltalo, ¿qué te pasa?”. La respuesta del niño fue antológica: “Es que… mamá, cuándo sea mayor… ¿de verdad voy a ser como esos gilipollas?”.

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Parece un diálogo, pero no lo es

Eres buena gente. Unos amantísimos padres te inculcaron las virtudes del respeto y la cortesía. Aprendiste también el valor del intercambio de ideas, y sientes una nada disimulada simpatía por las posibilidades que ofrece la tecnología en este sentido. Te creíste aquello de que Internet es una ventana al mundo en la que todo son ventajas.

Posees además una herramienta magnífica: un cerebro de primate. De Homo Sapiens para más señas, el Rolls Royce de los cerebros. Una herramienta que ha sido modelada por millones de años de evolución para ser excelente en cuestiones de interacción social, y aceptable a la hora de entender el mundo que te rodea.

Y hete aquí que estás en Twitter, o en Facebook, o respondiendo a los comentarios de tu blog, cuando lees algo que llama tu atención. Un usuario, a menudo sin identificación alguna, se está dirigiendo a ti. Puede que esté haciendo una consulta, puntualizando un error, etcétera.

El mensaje es corto, algo ambiguo y parece requerir respuesta. No te cuesta imaginarlo proferido en tono imperativo, pero tampoco puedes estar seguro. Tu cerebro de primate, tan social él, quiere responder. Rápidamente te hace evocar aquella conversación satisfactoria y constructiva que tuviste con un desconocido por Twitter en 2013, y, con la esperanza de que se repita aquel milagro, respondes.

Al poco tiempo tu amigo invisible te responde. Tu respuesta no le ha satisfecho, aunque no queda muy claro por qué. Añade, además, tres preguntas nuevas, y formuladas de forma algo oscura.

A los dos minutos, sin darte tiempo a responder, llega una segunda respuesta. Aporta datos suficientes para confirmarte que tu misterioso contertulio no se ha enterado de nada. ¿Seguimos respondiendo?… a lo tonto llevamos ya quince minutos con este asunto… no sé… el caso es que, formalmente, la cosa parece un diálogo, pero… ¿lo es?

Al final respondes, y se repite el ciclo una vez más. El tono de anonimo1242 ya es indudablemente grosero, incluso parece traslucir cierto desequilibrio mental. Este pseudodiálogo, pues te resistes a considerarlo un diálogo auténtico, es, además, terriblemente aburrido. Acabas dejando de responder, y te pones a pensar en cosas más interesantes. Por ejemplo, en la triste suerte que corrió un eslógan tan bueno como: Don’t feed the troll

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Tu cerebro te ha engañado, pero no seas duro con él. Se le hace muy cuesta arriba comprender que Internet ha introducido una nueva escala en tu entorno social. Tus comentarios ya no quedan restringidos al entorno familiar, o a los amigotes en el bar. Ahora adquieren una dimensión mucho mayor, potencialmente global. Vas a ser leído por montones de personas, y esto incluye a gente de todo tipo. Y no hablo solo de personas que se dirijan a ti, sino de todo el contenido que te llega cada día. En tu bandeja de entrada, y en riguroso directo, tienes el último comentario racista de aquel senador republicano de Alabama, el rebuzno de ese obispo loco, la opinión controvertida del día del controvertido profesional de turno, etcétera. Piezas de información que, solo veinte años atrás, rara vez saltarían mucho más lejos de las páginas interiores de la prensa local. Pero ahí están, en tu bandeja de entrada, en tu timeline de Twitter, en tu muro de Facebook, … ¿no te hablan a ti?, ¿requieren respuesta también?

Probablemente en tu vida “desconectada” hables con tu vecino pero, ¿hablas con toda la gente que vive en tu bloque?, ¿en tu barrio?, ¿en tu ciudad?. ¿Por qué, entonces, concedes tu tiempo a cualquiera que te aborde en Internet?

Yo, que cada día que pasa soy a la vez más cínico y más feliz (ignoro si hay causación, pero la correlación es innegable), reivindico mi derecho a invertir mi tiempo como y con quién a mí me apetezca. Y para acabar con un cierre altisonante, nada mejor que citar a Napoleón:

“Hay ladrones a los que no se castiga pero que roban lo más preciado: el tiempo”

PS: este artículo no está motivado por ninguna conversación reciente. Hace ya unos dos años que sigo, con desigual fortuna, ciertas pautas de higiene en mis redes sociales. Me estoy planteando, incluso, usar más.

¿Para qué dices eso?

 

Como algunos lectores saben, de vez en cuando doy charlas sobre ciencia allí donde tienen la amabilidad de invitarme. Mi anfitrión más fiel es la Universidad del País Vasco, a cuyo evento Naukas Bilbao peregrino año tras año desde 2013.

Fue aquel año, precisamente, cuando uno de mis compañeros de trabajo se interesó por aquellas charlas, y las estuvo viendo en youtube. [Pueden verse aquí]

Al día siguiente vino a felicitarme. Las dos charlas que dí aquel año le habían gustado y me regaló unos comentarios bastante elogiosos… sin embargo, de pronto se le ensombreció el rostro.

– Lo único que no me gustó, es eso que dices al final.

Pensé, por un momento, que quizá había dicho algo incorrecto. Incorrecto en el sentido de erróneo, inexacto (entiéndase mi falta de perspicacia; había pasado el fin de semana rodeado de un nutrido grupo de empollones vocacionales… como yo). Ante mi visible intriga, continúo:

– Sí, eso que dices al final. Esa cosa en vasco.
– ¡Ah!, te refieres a “Eskerrik asko”. Significa gracias.
– Sí… ¿para qué dices eso?

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Reconozco que en aquel momento la conversación empezó a irritarme, pero mantuve la compostura. Pensé que, quizá, mi compañero ignoraba que esas palabras, que pronuncié en castellano y euskera, las dije en San Sebastián.

– Pues porque iba como invitado de la Universidad del País Vasco.
– Pero tú no eres vasco.
– No, soy más castellano que el Cid, pero estaba en el País Vasco.
– Pues no lo veo bien.
– Tío, que significa gracias.
– En vasco.
– Sí, en vasco. Porque estaba en San Sebastián.

Y justo cuando pensaba que la conversación no podía acabar bien, mi compañero dijo una frase que pasó inmediatamente a los anales del humor:

– ¡Precisamente joder!, ¡con lo que allí se ha sufrido!

Ante semejante silogismo no pude sino recuperar el buen humor. De golpe. Tanto que no pude reprimir una carcajada tan sincera que hasta fue bien recibida por mi compañero.

Esta entrada se la debo, pues él ha sido quién ha desenterrado esta anécdota de mi memoria, a Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea). Un amigo que, entre otros méritos, seguramente esté en el top 5 de hablantes de euskera nacidos en Salamanca.

 

Las palabras mágicas

Hace unos meses visité la isla griega de Corfú. No es que yo sea un habitual de esta clase de destinos, pero alguien tuvo la idea de celebrar allí un congreso científico internacional.

Naturalmente, aproveché para visitar el lugar. Durante una de mis excursiones a Kerkira, principal ciudad de la isla, encontré una espectacular fortaleza renacentista construída en los tiempos en los que Corfú pretenecía a la Serenísima República de Venecia. Se me ocurrió fotografiarla y… al sacar el móvil comenzó mi aventura.

Un tipo que, en un primer vistazo me pareció un borracho, empezó a gritarme “no photo, no photo!”. No le hice caso. Acto seguido, entró corriendo a una garita militar, se calzó una gorra, y salió hacia mí como un miura. ¡Era un guardia de la Armada Griega! Al parecer, el edificio era todavía hoy un edificio militar y no podía ser fotografiado así como así.

La fortaleza de la discordia

La fortaleza de la discordia

Echó a correr hacia mí bramando, “No photo!, navy property!, where are you from!?”. Yo veía pasar toda mi vida ante mis ojos, y solo acerté a decir: “Hispaniká!… Messi!, Barça!”

Y el absurdo sortilegio surtió efecto. Ante la invocación de Messi, auténtico Aquiles de la época moderna, se dibujó una enorme sonrisa en la cara de mi otrora enemigo. Ya más lentamente, y con los brazos abiertos como signo internacional de bienvenida, se acercó a mí, me palmeó la espalda amistosamente mientras decía: “Messi, gol”

Tras interesarse sobre mis preferencias futbolísticas y baloncestísticas, no recuerdo cómo acabé contándole que a pesar de ser español, trabajo y vivo en Holanda. Eso terminó de despertar su simpatía, casi diría su conmiseración, pues le pareció una desgracia considerable vivir en un lugar como este. Empezó hablando de la mala calidad de la comida nórdica, y acabó dedicándome un encendido y delicado discurso sobre las virtudes de la mujer mediterránea en general y la griega en particular, que ilustró elocuentemente señalando a las paisanas que por allí pasaban en aquel momento.

Incluso me preguntó si quería irme de copas con él al acabar su turno, arriesgada invitación a la que tuve que declinar por tener otros compromisos. Y todo gracias a las palabras mágicas. No las olviden, queridos lectores:

“Messi, Barça, Gol!”

Turquía como utopía

Todo comenzó con uno de esos tests tan tontos que circulan por Facebook. Me lo hizo llegar @puratura, y consistía en rellenar un cuestionario con el objetivo de adivinar cuál es el país de tus sueños.

El caso es que a mi amiga le salió Noruega y, a mí, curiosamente, Holanda, país desde el que escribo hoy estas líneas.

Nos propusimos, a modo de broma, rellenar el cuestionario a la inversa. Esto es, escogiendo las respuestas que más nos desagradasen. Así, consideramos que la conciliación de vida familiar y laboral nos importa un pijo, que la religión debe ser materia de estado, que las minorías son peligrosas, que las ayudas del gobierno solo sirven para fomentar la pereza y el vicio, que los homosexuales deben ser perseguidos, etcétera… ¿lo van captando, verdad?

Entonces, al hacer click, apareció una flamante bandera turca. ¡Enhorabuena!, ¡tu país soñado es Turquía!

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No entraré aquí a debatir sobre la fidelidad del test, ni mucho menos aún sobre la situación en la Turquía actual. Lo que me resultó impactante no es que saliese Turquía… lo mismo me hubiese dado que fuese Luxemburgo, o Disneylandia. Lo que me impactó es que saliese un país.

Otra vivencia impactante, cuya relación con la anterior se hará evidente más adelante, fue una conversación que tuve con una vecina, cuando aún vivía en Madrid. Se trataba de una anciana con muy serios problemas económicos; lo suficientemente serios como para alimentarse con las sobras que un supermercado cercano repartía en lugar de desecharlas.

¿Y cuales eran las principales preocupaciones de esta señora?, pues en este orden: el “desafío independentista catalán”, el aborto y el matrimonio homosexual. La llegada de Manuela Carmena a la alcaldía de Madrid añadió una preocupación extra: “que Carmena enviase sus milicias a expropiar su patrimonio”, según sus propias palabras.

Hay quién podría pensar que estas prioridades son impropias de una persona que, como esta, forma parte del reducido grupo de españoles cuya vida mejoraría incluso con un comunismo a la albanesa. Sin embargo, no debemos caer en el paternalismo. Estamos hablando de una mujer adulta, ¡sus motivos tendrá!

Todo esto me llevó a reflexionar nuestra costumbre de dar por hecho que, por ejemplo, respetar los derechos humanos es algo bueno per se, un valor poco menos que universal… ¿no será en el fondo un repugnante acto de etnocentrismo?

Quiero decir, si hay gente que considera un derecho inalienable, tan fundamental como respirar, pongamos por caso, el que a Carlos Lozano no le expulsen de Gran Hermano, ¿quién soy yo para oponerme a la voluntad de las masas cuando estas forman mayoría?. O, por poner otro ejemplo, si es usted incapaz de otorgar la confianza de su voto a nadie que no sea un notorio delincuente, o la idea de que la justicia sea igual para todos le produce desazón, ¿quién soy yo para juzgar?, ¿por qué eso no es respetable y el deseo de una seguridad social pública sí lo es? Mientras haya personas que deseen con todas sus fuerzas ser gobernadas por, pongamos, puteros y cocainómanos, ¿no es en el fondo una suerte que existan países que cumplan este requisito para que cada cual pueda elegir su Arcadia Feliz?

Apelo pues al respeto, ¡menos superioridad moral!, ¡no seamos cortarollos! Escojan su utopía, las hay de todos los colores. ¡Celebremos la variedad!

El adulto

Vuelvo a las andadas tras unos meses de inactividad blogueril. He estado muy ocupado emigrando a los Países Bajos (más detalles aquí), y la periodicidad del blog se ha resentido… pero vuelvo a las andadas con un relato autobiográfico.

Era un profesor de gimnasia (perdón, de educación física) muy poco ortodoxo.

Le gustaba dárselas de severo, pero todos sabíamos que era un cacho de pan. El primer día de clase nos explicó la importancia de la teoría en la educación física, recalcando que estábamos muy equivocados si creíamos que la cosa iba solamente de correr y jugar al fútbol. Tanto era así, que amenazaba con enseñarnos contenidos teóricos, de hincar los codos. Incluso puede que hubiese un examen. Eso sí, dependiendo del número de días de lluvia, porque no pensaba impartir clases teóricas bajo un sol radiante.

Nunca le vimos correr. Pasaba la mayor parte de las clases fumando un cigarro tras otro en las gradas tras arrojarnos un balón. Quizá mi memoria de niño me falle, pero juraría que solía usar botas de piel de serpiente.

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En una ocasión, un loco que merodeaba por el barrio, generalmente inofensivo, pegó una pedrada al Javi (tras diversas provocaciones por parte de este último, todo hay que decirlo). Acudimos todos en busca del consejo del profesor, único adulto responsable disponible, llevando al Javi en volandas con la frente chorreando sangre.

– Profe, que le han abierto la cabeza de una pedrá al Javi.

El profesor nos miró de arriba a abajo. Evaluando la situación, dio una calada al cigarro. Pareció que se disponía a hablar, pero se detuvo en seco. Con gran parsimonia volvió a chupar el cigarro y sin levantarse siquiera exclamó, en tono definitivo:

– ¡Pues mal!

Y… esa fue toda su contribución.

La abducción

Dejo aquí una crónica real de un hecho inaudito que me sucedió muy recientemente, y que ha explicado mi silencio blogosférico en las últimas semanas.

Tras un viaje largo y confuso, algo aturdido y con dolor de cabeza, me vi en una habitación luminosa.

Me rodeaban unos seres muy blancos, altos y desgarbados que se comunicaban entre sí mediante un extraño lenguaje gutural.

Estos me observaban atentamente, con mirada curiosa y penetrante. La mirada inequívoca de un ser de inteligencia superior.

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Con firme amabilidad, aquellos curiosos seres me sometieron a una pequeña serie de pruebas para evaluar mis capacidades.

A la mañana siguiente, desperté en una habitación de hotel preguntándome si todo habría sido un sueño. Pero rápidamente confirmé que todo había sido real pues, ¡aquellos seres me habían enviado un email!

Me comunicaban que superé las pruebas. Fui contratado por aquella universidad holandesa.

Coñas aparte, me voy a los Países Bajos en calidad de investigador. Seguiré escribiendo desde otras latitudes.