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El adulto

Vuelvo a las andadas tras unos meses de inactividad blogueril. He estado muy ocupado emigrando a los Países Bajos (más detalles aquí), y la periodicidad del blog se ha resentido… pero vuelvo a las andadas con un relato autobiográfico.

Era un profesor de gimnasia (perdón, de educación física) muy poco ortodoxo.

Le gustaba dárselas de severo, pero todos sabíamos que era un cacho de pan. El primer día de clase nos explicó la importancia de la teoría en la educación física, recalcando que estábamos muy equivocados si creíamos que la cosa iba solamente de correr y jugar al fútbol. Tanto era así, que amenazaba con enseñarnos contenidos teóricos, de hincar los codos. Incluso puede que hubiese un examen. Eso sí, dependiendo del número de días de lluvia, porque no pensaba impartir clases teóricas bajo un sol radiante.

Nunca le vimos correr. Pasaba la mayor parte de las clases fumando un cigarro tras otro en las gradas tras arrojarnos un balón. Quizá mi memoria de niño me falle, pero juraría que solía usar botas de piel de serpiente.

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En una ocasión, un loco que merodeaba por el barrio, generalmente inofensivo, pegó una pedrada al Javi (tras diversas provocaciones por parte de este último, todo hay que decirlo). Acudimos todos en busca del consejo del profesor, único adulto responsable disponible, llevando al Javi en volandas con la frente chorreando sangre.

– Profe, que le han abierto la cabeza de una pedrá al Javi.

El profesor nos miró de arriba a abajo. Evaluando la situación, dio una calada al cigarro. Pareció que se disponía a hablar, pero se detuvo en seco. Con gran parsimonia volvió a chupar el cigarro y sin levantarse siquiera exclamó, en tono definitivo:

– ¡Pues mal!

Y… esa fue toda su contribución.

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La abducción

Dejo aquí una crónica real de un hecho inaudito que me sucedió muy recientemente, y que ha explicado mi silencio blogosférico en las últimas semanas.

Tras un viaje largo y confuso, algo aturdido y con dolor de cabeza, me vi en una habitación luminosa.

Me rodeaban unos seres muy blancos, altos y desgarbados que se comunicaban entre sí mediante un extraño lenguaje gutural.

Estos me observaban atentamente, con mirada curiosa y penetrante. La mirada inequívoca de un ser de inteligencia superior.

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Con firme amabilidad, aquellos curiosos seres me sometieron a una pequeña serie de pruebas para evaluar mis capacidades.

A la mañana siguiente, desperté en una habitación de hotel preguntándome si todo habría sido un sueño. Pero rápidamente confirmé que todo había sido real pues, ¡aquellos seres me habían enviado un email!

Me comunicaban que superé las pruebas. Fui contratado por aquella universidad holandesa.

Coñas aparte, me voy a los Países Bajos en calidad de investigador. Seguiré escribiendo desde otras latitudes.

 

El futuro

Sucedió en una clínica de depilación láser.

El aséptico entorno contrastaba con la sórdida escena que se desarrollaba en el centro de la sala. En la camilla, un hombre exhibe sus peludas partes pudendas, con toda la amplitud de la que es capaz, mientras aguanta con visibles signos de dolor la descarga fotónica. Todo en pro de la estética.

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Aturdido por el dolor, el entorno blanco brillante, la burbujeante máquina de agua y el sonido de la electrónica mezclado con el hilo musical, nuestro protagonista agarra de pronto por los hombros a un operario. Con los ojos desencajados, y el rostro iluminado intermitentemente por el color rojo del láser, pregunta: “¿pero qué está pasando?, ¡¿qué año es?!”

Intolerancia útil

Sucedió en un pequeño pueblo de Guadalajara, enmarcado en el conocido como triángulo del frío, la Siberia española, donde como te descuides se te congela hasta el agua del wáter.

Uno de esos pueblos que, como apellido a su nombre, indican la demarcación judicial correspondiente… partido de Molina en el caso que nos ocupa.

El tabernero del lugar estaba harto de las interminables partidas de mus, que le obligaban a cerrar a las tantas. Había intentado echarles por las buenas en numerosas ocasiones, siempre sin éxito.

Recreación aproximada

Recreación aproximada

Pero si algo no falta en esas duras tierras es inventiva. Un día, el tabernero ideó una solución ingeniosa. En uno de sus viajes a la metrópoli más cercana (a la sazón, Molina de Aragón), regresó con una cinta de vídeo.

Esa noche, al sonar la 1 en el reloj del Ayuntamiento, el tabernero salió de la barra y puso la cinta en el televisor del bar. Contenía una película de porno gay bastante explícita.

– ¡Quitaeso!, ¡cagüensandiós!
– ¡Venga!, ¡pa casa!

Hubo quejas, blasfemias y réplicas, pero el truco funcionó con inusitada rapidez.

Para que luego digan, hasta de la intolerancia se pueden sacar aplicaciones prácticas.

¿Dónde?

Hace ya unos años me vi metido en un viaje organizado. De esos con guía, autobús, y comidas incluídas. Por Europa occidental, para más señas.

Es una apreciación personal, mera cuestión de gustos, pero este tipo de turismo me pareció insoportable, y dudo que vuelva a repetirlo mientras conserve el sano juicio. Sin embargo, en aquel viaje conocí a verdaderos fanáticos del turismo organizado.

Había un grupo formado por dos parejas cercanas ya a la tercera edad, que no solo estaban encantados sino que además vacilaban de su amplia experiencia en viajes organizados. Curiosamente, pese a lo magnífico del viaje, no podían dar dos pasos sin comparar todo con España, que por supuesto siempre salía ganando.

¿El palacio de Versalles?, una vulgar imitación de El Escorial. Y el Corte Inglés no tiene nada que envidiar a las galerías de “Al-Fayed”, que es como los paletos llaman a Lafayette.

¿La cerveza belga?, quita, quita, dónde esté una Mahou bien tirada.

¿Los walletjes de Amsterdam?, bah, dónde esté la sordidez castiza de la calle Montera que se quiten estas moderneces.

¿El Rin?, no está mal, pero ahora que han represado el Manzanares está la mar de bonito.

Parecía como si su afán viajero obedeciese a la necesidad de confirmar, una y otra vez, que hubieran hecho mejor quedándose en casa.

El caso es que les caí en gracia, y estuvieron hablándome de su viaje del año anterior: Estambul y la Capadocia. Tuve la ocurrencia de preguntarles por Santa Sofía, y tras mirarme extrañados me dijeron que eso no estaba en Estambul.

– “¿Cómo va a estar Santa Sofía en Estambul, si Estambul es un país moro?”

Ante tal silogismo nada pude oponer, pero me pregunté: nuestros Marco Polos particulares… ¿dónde cojones estuvieron?

Cosas que se ven en el mundo real

Cosas que se ven en el mundo real

Vascongadas

Todos teníamos algo de miedo de aquel profesor. Nos enseñaba lengua y literatura, ¿qué digo enseñaba?, ¡impartía!

Aquel día, de pie ante todos, sosteniendo el libro, leía para nosotros:

“Sepan ustedes que en España coexisten cuatro lenguas oficiales, siendo estas el español, el gallego, el catalán y el vascuence. El español es la lengua oficial de todos los españoles, y por lo tanto goza con toda justicia de un estátus privilegiado, siendo hablada no solamente en toda España, sino en buena parte de América. Por el contrario, las otras tres lenguas, que no son sino dialectos del español, se circunscriben únicamente a ciertas regiones, en las que se usan secundariamente junto con el español”.

Nosotros tomábamos apuntes raudos y veloces, temerosos de recibir algún capón o, peor aún, una “falta de orden”, temible concepto metafísico cuyo significado aún hoy se me escapa.

Hablando de cosas que se me escapan, por aquel entonces tampoco entendía porqué esa página del libro estaba irritando a nuestro profesor, que cada vez levantaba más la voz. En un principio pensé, en mi inocencia, que el gamberro de clase estaba haciendo de las suyas durante el dictado, pero no era ese el caso.

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El profesor continuó su docta perorata, cada vez más visiblemente excitado:

“A título de ejemplo, veremos cómo se dicen algunas expresiones de uso común en las cuatro lenguas. Por ejemplo, para decir muchas gracias en español decimos, obviamente, muchas gracias.”

Esto lo entendió hasta el gamberro de clase.

“En gallego diríamos Moitas grazas”.

Sus ojos se posaron en el catalán, y el nivel de irritación subió sensiblemente.

“En catalán se dice Moltes gràcies. Como ven, al tratarse de dialectos son muy semejantes al español”.

Y a continuación, con un mohín de hastío, pasó al vascuence o euskera:

“Y en vascuence, Eskerrik asko”.

Esto ya fue demasiado para él. Sorprendido, sin duda, de haberse oído pronunciar semejantes palabras blasfemas, arrojó el libro contra la mesa mientras vociferaba: “Eskerrik asko, eskerrik asko, ¡pero qué asco!”.

Sucedió en una escuela pública. Guadalajara. Circa 1998.

Política lingüística

España ya no es el país atrasado de antaño, y vuelve a escalar posiciones en el podio de los países desarrollados. Va siendo hora ya de dejar atrás las rémoras de nuestro doloroso pasado y mirar al futuro cara a cara y sin complejos.

Una de estas rémoras es el tema lingüístico. Quizá sea buena idea desprendernos, gradualmente, de los idiomas minoritarios. Pero no de un modo autoritario y fascistoide como se hizo antaño, sino en positivo.

Piensen en positivo. Piensen en sus hijos. No piensen en dictadores, piensen en Wittgenstein cuando decía: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

¿De veras quieren limitar el mundo de sus hijos por un asunto meramente sentimental?, ¿qué importa la lengua del pueblo de la abuela en un mundo globalizado?

A mí no me cabe duda: para mis hijos, cuando los tenga, quiero el lenguaje más mayoritario posible, el que permita acceder a la mayor cantidad posible de contenidos. Se trata de una decisión bastante obvia desde el punto de vista racional, ¿por qué nos complicamos tanto?

Por todo esto, y para predicar con el ejemplo, he comenzado a abandonar progresivamente el español en favor del mandarín y el inglés.

Guanhua