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Los ojos azules

Aquí dejo una historia de esas que me dan escritas. Más o menos tal cuál me la narró su protagonista.


El crío llegó a casa hecho unos zorros. Era evidente que había estado llorando. Su madre se dió cuenta inmediatamente.

– ¡Hey!, ven aquí. ¿Qué ha pasado?, ¿no habrás hecho otra trastada?

Pero por la forma en que se acercó a su madre, esta supo que esta vez el pequeño no se había metido en ningún lío. El chico contó su versión de los hechos, la versión de un niño de apenas 7 años:

– Había un hombre, un hombre grande, muy grande. Daba mucho miedo, pero a mis hermanos mayores les daba risa. Salí corriendo, pero mis hermanos me cogieron y me hicieron mirarlo y tocarlo. No se movía y estaba frío, era como tocar una piedra.

Y entre lágrimas añadió:

– Su piel estaba muy fría y era blanca como las barras de hierro. Pero lo que más miedo daba eran sus ojos, que eran grandes y azules como el cielo.

Todo parecía indicar que el pequeño había sido víctima de una trastada de sus hermanos mayores. Ya ajustaría cuentas con ellos luego. Pero su madre ahora sentía curiosidad, ¿quién era aquel misterioso hombre?

– ¿Y dónde dices que estaba ese hombre?

El niño dió las señas correspondientes a una iglesia. La madre comprendió enseguida. Los hermanos habían llevado al benjamín de la familia a ver la nueva escultura de Jesucristo de la iglesia del barrio.

La iglesia era la Eglise Lourde de Saint Louis, en Senegal. Aquella escultura fue la primera vez que el pequeño Moussa veía a un hombre blanco.

Cara de malo

Cuando falta

Hay quién sostiene que los cuentos infantiles obedecen a una necesidad evolutiva. Concretamente, la de advertir a los jóvenes humanos de los peligros que les esperan ahí fuera. «Ten cuidado, Pulgarcito, que te pueden pisar». «Ojo en el bosque, Caperucita, que hay lobos».

Es una idea interesante, pero no sé si me convence. Es más, le veo una pega importante. En los cuentos infantiles, el mal casi siempre adopta una forma irreal, histriónica y predecible. Hay lobos que intentan derribar casas a soplidos, brujas incapaces de ocultar sus intenciones antropófagas ni tan siquiera por un instante y, bueno, ya me entienden… personajes a los que les rebosa la mala hostia por todos los poros.

Pensaba en todo esto hace poco, viendo un documental sobre la mafia neoyorquina. Como no podía ser de otro modo, estaba bien surtido con algunos de los más peligrosos criminales del mundo del hampa. Hubo algo que me llamó la atención: la mayoría de sus rostros reflejaban la más absoluta mediocridad. Aquellos mafiosos tenían más de Fredo que de Vito Corleone. En sus caras no había muecas crispadas, ni cejas puntiagudas, ni ojos fanáticos, ni horribles cicatrices. Su presencia no venía precedida por música siniestra, ni por un cambio en la voz del narrador. Aquellos asesinos tenían más cara de vecino del quinto que de malo de película de dibujos animados.

Reconozco que me llamó la atención. A mis 36 añazos. Y eso que, como cualquier hijo de vecino, me he topado con mi cuota de hijoputas. ¿Será quizás que me leyeron demasiados cuentos?

Cuando sobra

En cierta ocasión se nos acercó, a mis amigos y a mí, uno de esos tipos que parecen vivir en los bares. Era un tipo de aspecto un tanto fiero, con una chupa de cuero, una barba cerradísima y una borrachera considerable. No gozaba de buena fama. Se rumoreaba que había estado involucrado, entre otras, en una pelea de bar que se saldó con uno de los protagonistas atravesando la ventana del local.

No recuerdo cómo ni por qué, acabó enseñándonos fotos de cuando era joven. En una de ellas parecía un auténtico malo de película. La ropa, la posición, todo… parecía sacado no ya de una película, sino del póster promocional. Lo mencionamos entre risas: «tío, vaya cara de malo».

Nunca olvidaré su reacción. «¿Cara de malo?», dijo, y de pronto su rostro fiero mostró una pena infinita. «Cara de malo», repitió dos veces, como para sí. Ya no volvió a decir nada más. Estaba genuina y visiblemente triste. Recogió sus fotos y nos dejó ahí.

Pocas veces en mi vida he usado la expresión «herir los sentimientos», pero en este caso viene como un guante. Nuestra broma, contra todo pronóstico, había herido los sentimientos de aquel tipo duro.

Cosas del idioma

Descubro con cierta alarma que llevo sin escribir por aquí desde finales de 2018. La fecha no es casual, ya que coincide con el inicio de la escritura de mi tesis doctoral… un proceso que dejó mi creatividad bajo mínimos durante una buena temporada.

El caso es que esta entrada de mi querido @uhandrea me ha dado ganas de escribir. De escribir algo, aunque no sea gran cosa.

Cruzando la raya

Tendría yo unos tres o cuatro años cuando viajé con mis padres y mis tíos a Portugal. Hacía poco que había empezado a hablar con algo parecido a fluidez mi lengua materna, el castellano.

Llegados a Elvás, la tradicional parada nada más cruzar la frontera desde Badajoz, paramos a tomar algo en un bar. A mí se me antojó tomar un refresco. Mis padres me dieron una moneda y me dijeron que lo pidiera yo mismo.

Según me cuentan, pues yo no lo recuerdo, me encaramé a una banqueta y me apoyé en la barra. Pronto me di cuenta de que algo no encajaba. Miraba a los parroquianos portugueses, confuso. Algunos me hablaban, pero yo no respondía nada. ¿Qué decían?, ¿se habían vuelto todos locos?

Finalmente el camarero me preguntó, amablemente, que qué quería. Y a este sí que le tenía que responder, ¡yo quería un refresco! Al parecer, di un último vistazo alrededor, y respondí alto y claro intentando, sin más, reproducir el sonido que escuchaba a mi alrededor: bsza, bsza-bsza, bsza*.

*: probablemente intentase repetir la última palabra que me dijo el camarero, que tiene muchas papeletas de haber sido: você (tú, usted).

Cruzando el Atlántico

Cuando era niño, casi todos los dibujos animados que veía en la televisión habían sido doblados en latinoamérica. Jamás reparé en ello, hasta que ya en la adolescencia visité Cuba y Florida.

Una voz salía de la televisión encendida. Era una voz que yo asociaba con el Pájaro Loco y el Oso Yogui, y que me hizo sonreír de inmediato. Pero lo que estaba diciendo no tenía nada de gracia: era un programa de noticias hablando sobre un accidente de aviación en Perú.

Aprendí la lección. ¡Resulta que aquellos acentos no eran de cachondeo!

Cruzando el Mediterráneo

Sería hacia el año 2010. Estaba en el metro de Madrid, volviendo a casa. Era temporada de exámenes y estaba agotadísimo. De hecho, había tenido un susto de salud recientemente a causa de la falta de sueño.

Iba casi solo en el vagón. En la parada de Nuevos Ministerios, se subió un grupo muy numeroso de gente. Empezaron a hablar entre ellos lo suficientemente alto como para que pudiera escucharles con claridad… pero era incapaz de entender nada.

Por curiosidad, me quité los auriculares y puse la oreja. ¿Qué diablos pasa?, ¿por qué no entiendo nada? Me empecé a asustar. «¿Será esto un ictus?», pensé. «Hasta aquí hemos llegado…»

Por suerte, uno de ellos dijo algo que entendí: parakaló.

No era un ictus. Eran griegos.

Cruzando el Pirineo

Llevo más de cinco años viviendo en los Países Bajos. A día de hoy mi vida cotidiana se desarrolla, a partes iguales, en inglés y neerlandés, y en menor medida en castellano.

Vivir a caballo entre varias lenguas tiene algunos efectos interesantísimos (y agotadores). Efectos que, por otra parte, son el día de a día de la enorme cantidad de seres humanos cuyas vidas transcurren en entornos multilingües. Pero para mí, castellano hasta las orejas como soy, son una novedad.

Por ejemplo, aunque sé que no puede ser verdad, me escucho con una voz distinta según el idioma que esté hablando. Otra curiosidad es que ahora soy perfectamente capaz de escuchar mi propia variante dialectal del español (que, ufanos, llamamos «neutra») e incluso de identificarla en otros. De rebote, mi «oído» para captar y entender lenguas latinas que jamás he estudiado, como el catalán o el francés, ha mejorado considerablemente. De lo de mezclar idiomas en el propio pensamiento, o incluso en sueños, mejor no hablar.

Pero quizás lo más asombroso de todo es que sea posible. Con esfuerzo y desigual soltura, por supuesto, pero posible a fin de cuentas… e incluso algo menos difícil de lo que uno esperaría. Es como si nuestros cerebros estuviesen cableados especialmente para las sutilezas del lenguaje.

¿Como si lo estuviesen? A ver si va a resultar que ya lo están.

Una estampa lisboeta

Abandonamos, satisfechos, un restaurante del barrio de Alfama. En la televisión se anuncia el próximo telediario, especificando la hora de emisión en ciudades de cuatro continentes: Lisboa, Río de Janeiro, Nueva York y Luanda.

Volviendo a la parte baja de la ciudad, descubrimos que en Lisboa hay un barrio chino. En él se pueden encontrar todo tipo de productos orientales, mientras los dependientes te atienden en un perfecto portugués. Continuando algo más hacia el sur se llega a una bonita plaza.

La plaza lleva el nombre de Martim Moniz, noble del siglo XII que se arrojó de forma suicida contra las puertas del castillo de Al-Ushbuna, impidiendo que estas se cerrasen y facilitando su asalto por parte de las tropas de Alfonso I. Hoy, Moniz es un héroe de la patria, y el castillo de Al-Ushbuna se conoce por el nombre, mucho más cristiano, de castillo de San Jorge.

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Bajo la atenta mirada del castillo, que preside la plaza desde la altura, una decena larga de chavales juegan al cricket, deporte muy poco ibérico. Los chavales, que seguramente sean tan portugueses como el que más, proceden de familias indias.

De pronto, se escucha más barullo del habitual. Suenan tambores, música alegre, y un centenar de personas entran bailando en la plaza. El ambiente festivo hace difícil creer que se trata de una manifestación de la comunidad guineana residente en Portugal.

Pocas estampas podrían ser más típicas que esta. La estampa de una ciudad que, tiempo atrás, aspiró a ser capital del mundo entero.

Las palabras mágicas

Hace unos meses visité la isla griega de Corfú. No es que yo sea un habitual de esta clase de destinos, pero alguien tuvo la idea de celebrar allí un congreso científico internacional.

Naturalmente, aproveché para visitar el lugar. Durante una de mis excursiones a Kerkira, principal ciudad de la isla, encontré una espectacular fortaleza renacentista construída en los tiempos en los que Corfú pretenecía a la Serenísima República de Venecia. Se me ocurrió fotografiarla y… al sacar el móvil comenzó mi aventura.

Un tipo que, en un primer vistazo me pareció un borracho, empezó a gritarme «no photo, no photo!». No le hice caso. Acto seguido, entró corriendo a una garita militar, se calzó una gorra, y salió hacia mí como un miura. ¡Era un guardia de la Armada Griega! Al parecer, el edificio era todavía hoy un edificio militar y no podía ser fotografiado así como así.

La fortaleza de la discordia

La fortaleza de la discordia

Echó a correr hacia mí bramando, «No photo!, navy property!, where are you from!?». Yo veía pasar toda mi vida ante mis ojos, y solo acerté a decir: «Hispaniká!… Messi!, Barça!»

Y el absurdo sortilegio surtió efecto. Ante la invocación de Messi, auténtico Aquiles de la época moderna, se dibujó una enorme sonrisa en la cara de mi otrora enemigo. Ya más lentamente, y con los brazos abiertos como signo internacional de bienvenida, se acercó a mí, me palmeó la espalda amistosamente mientras decía: «Messi, gol»

Tras interesarse sobre mis preferencias futbolísticas y baloncestísticas, no recuerdo cómo acabé contándole que a pesar de ser español, trabajo y vivo en Holanda. Eso terminó de despertar su simpatía, casi diría su conmiseración, pues le pareció una desgracia considerable vivir en un lugar como este. Empezó hablando de la mala calidad de la comida nórdica, y acabó dedicándome un encendido y delicado discurso sobre las virtudes de la mujer mediterránea en general y la griega en particular, que ilustró elocuentemente señalando a las paisanas que por allí pasaban en aquel momento.

Incluso me preguntó si quería irme de copas con él al acabar su turno, arriesgada invitación a la que tuve que declinar por tener otros compromisos. Y todo gracias a las palabras mágicas. No las olviden, queridos lectores:

«Messi, Barça, Gol!»

Turquía como utopía

Todo comenzó con uno de esos tests tan tontos que circulan por Facebook. Me lo hizo llegar @puratura, y consistía en rellenar un cuestionario con el objetivo de adivinar cuál es el país de tus sueños.

El caso es que a mi amiga le salió Noruega y, a mí, curiosamente, Holanda, país desde el que escribo hoy estas líneas.

Nos propusimos, a modo de broma, rellenar el cuestionario a la inversa. Esto es, escogiendo las respuestas que más nos desagradasen. Así, consideramos que la conciliación de vida familiar y laboral nos importa un pijo, que la religión debe ser materia de estado, que las minorías son peligrosas, que las ayudas del gobierno solo sirven para fomentar la pereza y el vicio, que los homosexuales deben ser perseguidos, etcétera… ¿lo van captando, verdad?

Entonces, al hacer click, apareció una flamante bandera turca. ¡Enhorabuena!, ¡tu país soñado es Turquía!

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No entraré aquí a debatir sobre la fidelidad del test, ni mucho menos aún sobre la situación en la Turquía actual. Lo que me resultó impactante no es que saliese Turquía… lo mismo me hubiese dado que fuese Luxemburgo, o Disneylandia. Lo que me impactó es que saliese un país.

Otra vivencia impactante, cuya relación con la anterior se hará evidente más adelante, fue una conversación que tuve con una vecina, cuando aún vivía en Madrid. Se trataba de una anciana con muy serios problemas económicos; lo suficientemente serios como para alimentarse con las sobras que un supermercado cercano repartía en lugar de desecharlas.

¿Y cuales eran las principales preocupaciones de esta señora?, pues en este orden: el «desafío independentista catalán», el aborto y el matrimonio homosexual. La llegada de Manuela Carmena a la alcaldía de Madrid añadió una preocupación extra: «que Carmena enviase sus milicias a expropiar su patrimonio», según sus propias palabras.

Hay quién podría pensar que estas prioridades son impropias de una persona que, como esta, forma parte del reducido grupo de españoles cuya vida mejoraría incluso con un comunismo a la albanesa. Sin embargo, no debemos caer en el paternalismo. Estamos hablando de una mujer adulta, ¡sus motivos tendrá!

Todo esto me llevó a reflexionar nuestra costumbre de dar por hecho que, por ejemplo, respetar los derechos humanos es algo bueno per se, un valor poco menos que universal… ¿no será en el fondo un repugnante acto de etnocentrismo?

Quiero decir, si hay gente que considera un derecho inalienable, tan fundamental como respirar, pongamos por caso, el que a Carlos Lozano no le expulsen de Gran Hermano, ¿quién soy yo para oponerme a la voluntad de las masas cuando estas forman mayoría?. O, por poner otro ejemplo, si es usted incapaz de otorgar la confianza de su voto a nadie que no sea un notorio delincuente, o la idea de que la justicia sea igual para todos le produce desazón, ¿quién soy yo para juzgar?, ¿por qué eso no es respetable y el deseo de una seguridad social pública sí lo es? Mientras haya personas que deseen con todas sus fuerzas ser gobernadas por, pongamos, puteros y cocainómanos, ¿no es en el fondo una suerte que existan países que cumplan este requisito para que cada cual pueda elegir su Arcadia Feliz?

Apelo pues al respeto, ¡menos superioridad moral!, ¡no seamos cortarollos! Escojan su utopía, las hay de todos los colores. ¡Celebremos la variedad!

La abducción

Dejo aquí una crónica real de un hecho inaudito que me sucedió muy recientemente, y que ha explicado mi silencio blogosférico en las últimas semanas.

Tras un viaje largo y confuso, algo aturdido y con dolor de cabeza, me vi en una habitación luminosa.

Me rodeaban unos seres muy blancos, altos y desgarbados que se comunicaban entre sí mediante un extraño lenguaje gutural.

Estos me observaban atentamente, con mirada curiosa y penetrante. La mirada inequívoca de un ser de inteligencia superior.

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Con firme amabilidad, aquellos curiosos seres me sometieron a una pequeña serie de pruebas para evaluar mis capacidades.

A la mañana siguiente, desperté en una habitación de hotel preguntándome si todo habría sido un sueño. Pero rápidamente confirmé que todo había sido real pues, ¡aquellos seres me habían enviado un email!

Me comunicaban que superé las pruebas. Fui contratado por aquella universidad holandesa.

Coñas aparte, me voy a los Países Bajos en calidad de investigador. Seguiré escribiendo desde otras latitudes.

 

El futuro

Sucedió en una clínica de depilación láser.

El aséptico entorno contrastaba con la sórdida escena que se desarrollaba en el centro de la sala. En la camilla, un hombre exhibe sus peludas partes pudendas, con toda la amplitud de la que es capaz, mientras aguanta con visibles signos de dolor la descarga fotónica. Todo en pro de la estética.

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Aturdido por el dolor, el entorno blanco brillante, la burbujeante máquina de agua y el sonido de la electrónica mezclado con el hilo musical, nuestro protagonista agarra de pronto por los hombros a un operario. Con los ojos desencajados, y el rostro iluminado intermitentemente por el color rojo del láser, pregunta: «¿pero qué está pasando?, ¡¿qué año es?!»

El Ibiza amarillo

La protagonista de esta historia es una profesora de secundaria. Profesora de un instituto especialmente conflictivo.

En cierta ocasión, al salir de clase, los profesores encontraron que alguien había destrozado sus coches. Ruedas pinchadas, rayaduras en la carrocería, retrovisores partidos e incluso alguna luna rota. El ensañamiento con cada vehículo se intuía proporcional al odio que levantaba cada profesor entre sus alumnos. Un caso claro de vandalismo.

La única y extraña excepción fue el coche de nuestra protagonista, que se encontraba intacto. Nunca se tuvo por una profesora especialmente apreciada… más bien se consideraba del montón, así que este trato excepcional le resultó desconcertante.

Tras mucho darle vueltas descubrió que la verdadera causa de que respetasen su coche nada tenía que ver con la lealtad ni el aprecio, sino con algo mucho más antropológico y, a su manera, fascinante:

Su coche, un Seat Ibiza amarillo de segunda mano, había pertenecido previamente a un bakala de mucho prestigio en la zona. Aún conservaba, además de incontables chinazos en la tapicería, parte del tuning que este había realizado con mimo y esmero.

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Y los jóvenes eran vándalos, sin duda… pero, al igual que el general von Choltitz cuando se le ordenó incendiar París, quedaron paralizados ante la idea de destruir una obra de arte de primer orden.

Thriller psicológico

La película comienza con un tipo cenando una pizza precocinada.

Se acuesta, y no recuerda si ha apagado el horno.

Se levanta a comprobar si lo ha apagado, y así es. Todo está en orden.

Vuelve a acostarse, pero al rato siente la necesidad de volver a comprobarlo.

Así una y otra vez hasta llenar 2 horas y media de metraje. Por supuesto, todo en blanco y negro y utiliando el magiar (con subtítulos) como único idioma vehicular.

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Pero hay una sorpresa; la obra no termina con los títulos de crédito. Precisamente es entonces cuando empieza la diversión, la transgresión de las fronteras tradicionales del arte. Mejor dicho, unas pocas horas después: cuando empiecen a menudear los críticos mediocres impresionados por la falsa profundidad del filme.

Y es que con la entrada, se compra también el derecho a molerles a collejas.

Se lo digo yo, una obra de arte inmortal.