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Una estampa lisboeta

Abandonamos, satisfechos, un restaurante del barrio de Alfama. En la televisión se anuncia el próximo telediario, especificando la hora de emisión en ciudades de cuatro continentes: Lisboa, Río de Janeiro, Nueva York y Luanda.

Volviendo a la parte baja de la ciudad, descubrimos que en Lisboa hay un barrio chino. En él se pueden encontrar todo tipo de productos orientales, mientras los dependientes te atienden en un perfecto portugués. Continuando algo más hacia el sur se llega a una bonita plaza.

La plaza lleva el nombre de Martim Moniz, noble del siglo XII que se arrojó de forma suicida contra las puertas del castillo de Al-Ushbuna, impidiendo que estas se cerrasen y facilitando su asalto por parte de las tropas de Alfonso I. Hoy, Moniz es un héroe de la patria, y el castillo de Al-Ushbuna se conoce por el nombre, mucho más cristiano, de castillo de San Jorge.

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Bajo la atenta mirada del castillo, que preside la plaza desde la altura, una decena larga de chavales juegan al cricket, deporte muy poco ibérico. Los chavales, que seguramente sean tan portugueses como el que más, proceden de familias indias.

De pronto, se escucha más barullo del habitual. Suenan tambores, música alegre, y un centenar de personas entran bailando en la plaza. El ambiente festivo hace difícil creer que se trata de una manifestación de la comunidad guineana residente en Portugal.

Pocas estampas podrían ser más típicas que esta. La estampa de una ciudad que, tiempo atrás, aspiró a ser capital del mundo entero.

Las palabras mágicas

Hace unos meses visité la isla griega de Corfú. No es que yo sea un habitual de esta clase de destinos, pero alguien tuvo la idea de celebrar allí un congreso científico internacional.

Naturalmente, aproveché para visitar el lugar. Durante una de mis excursiones a Kerkira, principal ciudad de la isla, encontré una espectacular fortaleza renacentista construída en los tiempos en los que Corfú pretenecía a la Serenísima República de Venecia. Se me ocurrió fotografiarla y… al sacar el móvil comenzó mi aventura.

Un tipo que, en un primer vistazo me pareció un borracho, empezó a gritarme “no photo, no photo!”. No le hice caso. Acto seguido, entró corriendo a una garita militar, se calzó una gorra, y salió hacia mí como un miura. ¡Era un guardia de la Armada Griega! Al parecer, el edificio era todavía hoy un edificio militar y no podía ser fotografiado así como así.

La fortaleza de la discordia

La fortaleza de la discordia

Echó a correr hacia mí bramando, “No photo!, navy property!, where are you from!?”. Yo veía pasar toda mi vida ante mis ojos, y solo acerté a decir: “Hispaniká!… Messi!, Barça!”

Y el absurdo sortilegio surtió efecto. Ante la invocación de Messi, auténtico Aquiles de la época moderna, se dibujó una enorme sonrisa en la cara de mi otrora enemigo. Ya más lentamente, y con los brazos abiertos como signo internacional de bienvenida, se acercó a mí, me palmeó la espalda amistosamente mientras decía: “Messi, gol”

Tras interesarse sobre mis preferencias futbolísticas y baloncestísticas, no recuerdo cómo acabé contándole que a pesar de ser español, trabajo y vivo en Holanda. Eso terminó de despertar su simpatía, casi diría su conmiseración, pues le pareció una desgracia considerable vivir en un lugar como este. Empezó hablando de la mala calidad de la comida nórdica, y acabó dedicándome un encendido y delicado discurso sobre las virtudes de la mujer mediterránea en general y la griega en particular, que ilustró elocuentemente señalando a las paisanas que por allí pasaban en aquel momento.

Incluso me preguntó si quería irme de copas con él al acabar su turno, arriesgada invitación a la que tuve que declinar por tener otros compromisos. Y todo gracias a las palabras mágicas. No las olviden, queridos lectores:

“Messi, Barça, Gol!”

Turquía como utopía

Todo comenzó con uno de esos tests tan tontos que circulan por Facebook. Me lo hizo llegar @puratura, y consistía en rellenar un cuestionario con el objetivo de adivinar cuál es el país de tus sueños.

El caso es que a mi amiga le salió Noruega y, a mí, curiosamente, Holanda, país desde el que escribo hoy estas líneas.

Nos propusimos, a modo de broma, rellenar el cuestionario a la inversa. Esto es, escogiendo las respuestas que más nos desagradasen. Así, consideramos que la conciliación de vida familiar y laboral nos importa un pijo, que la religión debe ser materia de estado, que las minorías son peligrosas, que las ayudas del gobierno solo sirven para fomentar la pereza y el vicio, que los homosexuales deben ser perseguidos, etcétera… ¿lo van captando, verdad?

Entonces, al hacer click, apareció una flamante bandera turca. ¡Enhorabuena!, ¡tu país soñado es Turquía!

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No entraré aquí a debatir sobre la fidelidad del test, ni mucho menos aún sobre la situación en la Turquía actual. Lo que me resultó impactante no es que saliese Turquía… lo mismo me hubiese dado que fuese Luxemburgo, o Disneylandia. Lo que me impactó es que saliese un país.

Otra vivencia impactante, cuya relación con la anterior se hará evidente más adelante, fue una conversación que tuve con una vecina, cuando aún vivía en Madrid. Se trataba de una anciana con muy serios problemas económicos; lo suficientemente serios como para alimentarse con las sobras que un supermercado cercano repartía en lugar de desecharlas.

¿Y cuales eran las principales preocupaciones de esta señora?, pues en este orden: el “desafío independentista catalán”, el aborto y el matrimonio homosexual. La llegada de Manuela Carmena a la alcaldía de Madrid añadió una preocupación extra: “que Carmena enviase sus milicias a expropiar su patrimonio”, según sus propias palabras.

Hay quién podría pensar que estas prioridades son impropias de una persona que, como esta, forma parte del reducido grupo de españoles cuya vida mejoraría incluso con un comunismo a la albanesa. Sin embargo, no debemos caer en el paternalismo. Estamos hablando de una mujer adulta, ¡sus motivos tendrá!

Todo esto me llevó a reflexionar nuestra costumbre de dar por hecho que, por ejemplo, respetar los derechos humanos es algo bueno per se, un valor poco menos que universal… ¿no será en el fondo un repugnante acto de etnocentrismo?

Quiero decir, si hay gente que considera un derecho inalienable, tan fundamental como respirar, pongamos por caso, el que a Carlos Lozano no le expulsen de Gran Hermano, ¿quién soy yo para oponerme a la voluntad de las masas cuando estas forman mayoría?. O, por poner otro ejemplo, si es usted incapaz de otorgar la confianza de su voto a nadie que no sea un notorio delincuente, o la idea de que la justicia sea igual para todos le produce desazón, ¿quién soy yo para juzgar?, ¿por qué eso no es respetable y el deseo de una seguridad social pública sí lo es? Mientras haya personas que deseen con todas sus fuerzas ser gobernadas por, pongamos, puteros y cocainómanos, ¿no es en el fondo una suerte que existan países que cumplan este requisito para que cada cual pueda elegir su Arcadia Feliz?

Apelo pues al respeto, ¡menos superioridad moral!, ¡no seamos cortarollos! Escojan su utopía, las hay de todos los colores. ¡Celebremos la variedad!

La abducción

Dejo aquí una crónica real de un hecho inaudito que me sucedió muy recientemente, y que ha explicado mi silencio blogosférico en las últimas semanas.

Tras un viaje largo y confuso, algo aturdido y con dolor de cabeza, me vi en una habitación luminosa.

Me rodeaban unos seres muy blancos, altos y desgarbados que se comunicaban entre sí mediante un extraño lenguaje gutural.

Estos me observaban atentamente, con mirada curiosa y penetrante. La mirada inequívoca de un ser de inteligencia superior.

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Con firme amabilidad, aquellos curiosos seres me sometieron a una pequeña serie de pruebas para evaluar mis capacidades.

A la mañana siguiente, desperté en una habitación de hotel preguntándome si todo habría sido un sueño. Pero rápidamente confirmé que todo había sido real pues, ¡aquellos seres me habían enviado un email!

Me comunicaban que superé las pruebas. Fui contratado por aquella universidad holandesa.

Coñas aparte, me voy a los Países Bajos en calidad de investigador. Seguiré escribiendo desde otras latitudes.

 

El futuro

Sucedió en una clínica de depilación láser.

El aséptico entorno contrastaba con la sórdida escena que se desarrollaba en el centro de la sala. En la camilla, un hombre exhibe sus peludas partes pudendas, con toda la amplitud de la que es capaz, mientras aguanta con visibles signos de dolor la descarga fotónica. Todo en pro de la estética.

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Aturdido por el dolor, el entorno blanco brillante, la burbujeante máquina de agua y el sonido de la electrónica mezclado con el hilo musical, nuestro protagonista agarra de pronto por los hombros a un operario. Con los ojos desencajados, y el rostro iluminado intermitentemente por el color rojo del láser, pregunta: “¿pero qué está pasando?, ¡¿qué año es?!”

El Ibiza amarillo

La protagonista de esta historia es una profesora de secundaria. Profesora de un instituto especialmente conflictivo.

En cierta ocasión, al salir de clase, los profesores encontraron que alguien había destrozado sus coches. Ruedas pinchadas, rayaduras en la carrocería, retrovisores partidos e incluso alguna luna rota. El ensañamiento con cada vehículo se intuía proporcional al odio que levantaba cada profesor entre sus alumnos. Un caso claro de vandalismo.

La única y extraña excepción fue el coche de nuestra protagonista, que se encontraba intacto. Nunca se tuvo por una profesora especialmente apreciada… más bien se consideraba del montón, así que este trato excepcional le resultó desconcertante.

Tras mucho darle vueltas descubrió que la verdadera causa de que respetasen su coche nada tenía que ver con la lealtad ni el aprecio, sino con algo mucho más antropológico y, a su manera, fascinante:

Su coche, un Seat Ibiza amarillo de segunda mano, había pertenecido previamente a un bakala de mucho prestigio en la zona. Aún conservaba, además de incontables chinazos en la tapicería, parte del tuning que este había realizado con mimo y esmero.

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Y los jóvenes eran vándalos, sin duda… pero, al igual que el general von Choltitz cuando se le ordenó incendiar París, quedaron paralizados ante la idea de destruir una obra de arte de primer orden.

Thriller psicológico

La película comienza con un tipo cenando una pizza precocinada.

Se acuesta, y no recuerda si ha apagado el horno.

Se levanta a comprobar si lo ha apagado, y así es. Todo está en orden.

Vuelve a acostarse, pero al rato siente la necesidad de volver a comprobarlo.

Así una y otra vez hasta llenar 2 horas y media de metraje. Por supuesto, todo en blanco y negro y utiliando el magiar (con subtítulos) como único idioma vehicular.

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Pero hay una sorpresa; la obra no termina con los títulos de crédito. Precisamente es entonces cuando empieza la diversión, la transgresión de las fronteras tradicionales del arte. Mejor dicho, unas pocas horas después: cuando empiecen a menudear los críticos mediocres impresionados por la falsa profundidad del filme.

Y es que con la entrada, se compra también el derecho a molerles a collejas.

Se lo digo yo, una obra de arte inmortal.

Thriller jurídico

Idea para un guión de cine. Quizá le interese a Richard Gere:

Una multa por exceso de velocidad y conducir bebido con retirada del carnet. “¡Solo eran 30 km/h por encima de lo permitido!”

Un hombre sólo. Luchando contra los abusos del poder.

En un golpe de ironía, llega tarde a su juicio por correr. Encuentra todas las puertas cerradas.

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Pero no se rendirá. Está dispuesto a recorrer todas las agencias que recurren multas y se anuncian en los más exóticos canales de la TDT. A llevar el caso hasta el Tribunal Constitucional si es necesario.

Pero nadie le hace ni caso. Finalmente se derrumba. El hombre corriente no puede hacer nada contra las injusticias de la burocracia. Tan sólo discutir con el secretario en la puerta: “¡¿así funciona el sistema?!”

Y marcharse picando rueda en su Ibiza amarillo.

 

Ésta entrada está dedicada a Fer, probablemente el mayor fan de Lionel Hutz de todo el valle del Henares.

El triunfo de la voluntad

Si no me falla la memoria, fue hacia 1997.

Como muchos otros niños, yo comía en el comedor del colegio. Una experiencia no demasiado grata que, bordeando ya los 13 años, muchos considerábamos que podíamos ahorrarnos comiendo en casa, aunque fuese solos.

Comenzaron las negociaciones con nuestros padres, que no terminaban de ver claro aquello de que cocinásemos platos, por simples que fuesen, sin su supervisión. La mayoría de padres optaron por mantener las cosas como estaban.

Pero uno de nosotros, un irreductible, un auténtico pionero, optó por tomar las riendas del asunto de un modo que jamás olvidaré. Ese día llegó taciturno al comedor, y no tocó su plato. Aguantó estoicamente la bronca de las cuidadoras, y fue castigado a quedarse sentado a la mesa hasta que terminase de comer.

Sus compañeros de mesa fuimos acabando uno tras otro. Yo le esperé un rato, pues éramos amigos, hasta que solamente quedamos él y yo en la enorme sala. Pero insistió en que saliese sin esperarle.

Tan pronto como salí por la puerta, escuché un gran escándalo y me giré. Allí estaba mi amigo, de pie sobre la mesa, llamando la atención de las cuidadoras. Una vez se hubo asegurado de que haber captado la atención de todas y cada una de ellas, sacó la chorra y meó sobre su plato, sin preocuparse demasiado por la puntería.

Expulsión inmediata e innegociable. Desde aquel día, comió en casa.

Cosas de mamás

Te puedes cruzar con ellas en cualquier sitio, pero yo tuve la suerte de hacerlo en un autobús de media distancia.

Eran mamás, mamás primerizas yendo a trabajar a las seis de la madrugada a otra ciudad. Parecía que conversaban, pero bastaban unos segundos para comprobar que no era una conversación normal.

El ritual comenzó con la mamá número 1 hablando de los mocos de su bebé. La otra, la mamá número 2, cometió la imprudencia de hablar de las babas del suyo, y dio comienzo el duelo. Una y otra empezaron a enumerar, por turnos, aunque sin dar signos de estarse escuchando mutuamente, un detallado compendio de humores, esputos y miasmas de sus pequeños.

A continuación pasaron a las características físicas. Peso al nacer y peso actual, picos de temperaturas durante procesos febriles, número de dedos en manos y pies (éste asunto lo trataban con siniestra insistencia) y diámetro craneal (dato éste último de especial relevancia, ya que constituye una fiel indicación cuantitativa del heroísmo exhibido durante el parto).

Juro que, de principio a fin, aquello parecía una competición por ver cuál de los dos pequeñuelos era más cabezón y cagaba más negro.

Lo más curioso es que, hasta dónde he podido comprobar, el ritual se repite día tras día sin apenas variaciones. Se tratan los mismos temas, se apuntan los mismos detalles y se producen las mismas reacciones una y otra y otra vez.

P.S: éste curioso asunto me recordó, inevitablemente, al fascinante fenómeno sociológico de los círculos de interinos. Júntese a varios interinos de secundaria; independientemente de si se conocen o no, pronto empezarán a enumerar sus méritos, aspiraciones y nivel de inglés… uno detrás de otro, hasta regresar al primero. Entonces volverán a empezar, una y otra y otra vez, sin aparente cansancio.

Recientes estudios afirman que los misteriosos crómlech celtas, cuyo más espectacular exponente es Stonehenge, estaban destinados a acoger éste tipo de conversaciones cíclicas.