Caprichos del azar, mi charla en Naukas 2015

El pasado fin de semana tuve el inmenso privilegio de participar por tercera vez en el evento Naukas, organizado por la UPV/EHU en Bilbao.

Está mal que yo lo diga, pero como ex-anumérico estoy orgullosísimo de haber conseguido hacer reír al público hablando de matemáticas. ¿Quién se lo iba a decir a aquel chaval que cateaba un examen de mates tras otro en el instituto?

Aquí os dejo el vídeo de mi intervención, titulada Caprichos del azar.

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Naukas 2015

Como cada año por estas fechas, ya está todo preparado para el ¿congreso científico? más divertido del año, el Naukas. Programa completo aquí.

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¿No crees que un congreso pueda ser divertido?, ¿te sorprende que use en la misma frase las palabras ciencia y diversión? ¡Pues te equivocas, pardiez!

Reconozco, eso sí, que llamar congreso al Naukas es sumamente engañoso. El Naukas del año pasado incluyó stand up comedy, teatro, dos conciertos, números de magia, y… bueno, de todo menos aburrimiento.

Espero que estas líneas te animen a pasarte por allí, o al menos a seguirnos por streaming. ¡Qué diablos!, puestos a pedir espero que te conviertas en uno de nuestros más fanáticos seguidores, de esos que la arman por un asiento y ponen tenso al personal de seguridad. ¡Venga!, ¡que no se diga que mis lectores son unos menguados!

Este año me he sometido voluntariamente a un auténtico test de nervios de acero: presentaré una charla apenas un par de semanas antes de emigrar… de modo que probablemente sea un desastre. Su título es Caprichos del azar.

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Si esperas trucos para ganar al bingo o en el canódromo, voy avisando de que te decepcionaré.

La abducción

Dejo aquí una crónica real de un hecho inaudito que me sucedió muy recientemente, y que ha explicado mi silencio blogosférico en las últimas semanas.

Tras un viaje largo y confuso, algo aturdido y con dolor de cabeza, me vi en una habitación luminosa.

Me rodeaban unos seres muy blancos, altos y desgarbados que se comunicaban entre sí mediante un extraño lenguaje gutural.

Estos me observaban atentamente, con mirada curiosa y penetrante. La mirada inequívoca de un ser de inteligencia superior.

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Con firme amabilidad, aquellos curiosos seres me sometieron a una pequeña serie de pruebas para evaluar mis capacidades.

A la mañana siguiente, desperté en una habitación de hotel preguntándome si todo habría sido un sueño. Pero rápidamente confirmé que todo había sido real pues, ¡aquellos seres me habían enviado un email!

Me comunicaban que superé las pruebas. Fui contratado por aquella universidad holandesa.

Coñas aparte, me voy a los Países Bajos en calidad de investigador. Seguiré escribiendo desde otras latitudes.

 

El futuro

Sucedió en una clínica de depilación láser.

El aséptico entorno contrastaba con la sórdida escena que se desarrollaba en el centro de la sala. En la camilla, un hombre exhibe sus peludas partes pudendas, con toda la amplitud de la que es capaz, mientras aguanta con visibles signos de dolor la descarga fotónica. Todo en pro de la estética.

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Aturdido por el dolor, el entorno blanco brillante, la burbujeante máquina de agua y el sonido de la electrónica mezclado con el hilo musical, nuestro protagonista agarra de pronto por los hombros a un operario. Con los ojos desencajados, y el rostro iluminado intermitentemente por el color rojo del láser, pregunta: “¿pero qué está pasando?, ¡¿qué año es?!”

Intolerancia útil

Sucedió en un pequeño pueblo de Guadalajara, enmarcado en el conocido como triángulo del frío, la Siberia española, donde como te descuides se te congela hasta el agua del wáter.

Uno de esos pueblos que, como apellido a su nombre, indican la demarcación judicial correspondiente… partido de Molina en el caso que nos ocupa.

El tabernero del lugar estaba harto de las interminables partidas de mus, que le obligaban a cerrar a las tantas. Había intentado echarles por las buenas en numerosas ocasiones, siempre sin éxito.

Recreación aproximada

Recreación aproximada

Pero si algo no falta en esas duras tierras es inventiva. Un día, el tabernero ideó una solución ingeniosa. En uno de sus viajes a la metrópoli más cercana (a la sazón, Molina de Aragón), regresó con una cinta de vídeo.

Esa noche, al sonar la 1 en el reloj del Ayuntamiento, el tabernero salió de la barra y puso la cinta en el televisor del bar. Contenía una película de porno gay bastante explícita.

– ¡Quitaeso!, ¡cagüensandiós!
– ¡Venga!, ¡pa casa!

Hubo quejas, blasfemias y réplicas, pero el truco funcionó con inusitada rapidez.

Para que luego digan, hasta de la intolerancia se pueden sacar aplicaciones prácticas.

¿Dónde?

Hace ya unos años me vi metido en un viaje organizado. De esos con guía, autobús, y comidas incluídas. Por Europa occidental, para más señas.

Es una apreciación personal, mera cuestión de gustos, pero este tipo de turismo me pareció insoportable, y dudo que vuelva a repetirlo mientras conserve el sano juicio. Sin embargo, en aquel viaje conocí a verdaderos fanáticos del turismo organizado.

Había un grupo formado por dos parejas cercanas ya a la tercera edad, que no solo estaban encantados sino que además vacilaban de su amplia experiencia en viajes organizados. Curiosamente, pese a lo magnífico del viaje, no podían dar dos pasos sin comparar todo con España, que por supuesto siempre salía ganando.

¿El palacio de Versalles?, una vulgar imitación de El Escorial. Y el Corte Inglés no tiene nada que envidiar a las galerías de “Al-Fayed”, que es como los paletos llaman a Lafayette.

¿La cerveza belga?, quita, quita, dónde esté una Mahou bien tirada.

¿Los walletjes de Amsterdam?, bah, dónde esté la sordidez castiza de la calle Montera que se quiten estas moderneces.

¿El Rin?, no está mal, pero ahora que han represado el Manzanares está la mar de bonito.

Parecía como si su afán viajero obedeciese a la necesidad de confirmar, una y otra vez, que hubieran hecho mejor quedándose en casa.

El caso es que les caí en gracia, y estuvieron hablándome de su viaje del año anterior: Estambul y la Capadocia. Tuve la ocurrencia de preguntarles por Santa Sofía, y tras mirarme extrañados me dijeron que eso no estaba en Estambul.

– “¿Cómo va a estar Santa Sofía en Estambul, si Estambul es un país moro?”

Ante tal silogismo nada pude oponer, pero me pregunté: nuestros Marco Polos particulares… ¿dónde cojones estuvieron?

Cosas que se ven en el mundo real

Cosas que se ven en el mundo real

El veterano

Era un anciano un tanto excéntrico, aunque nunca, que se sepa, causó problemas a nadie. Vivía a caballo entre la pensión y el bar, y no se le conocía oficio. Nunca se casó y aquello, en aquel pequeño pueblo, era considerado una rareza más. Mozos viejos, los llaman aún.

Los niños del pueblo le adoraban. Se trataba de un amor un tanto interesado, pues la clave de todo radicaba en que el señor iba repartiendo monedas a mansalva entre los zagales. Cien pesetas por aquí, doscientas por allá, para pipas, para chuches, para todos. Como un pozo sin fondo.

Al parecer, su nivel de gastos le ocasionaba ciertas complicaciones. Sus dificultades con la economía doméstica se escenificaban elocuentemente cada fin de mes a través del proceso de “ir a cobrar a la capital”. En sus labios, esta sencilla frase significaba recorrer a pie los 60 km que separan el pueblo de Guadalajara. Un taxi le traía de vuelta por la noche.

Al cabo de los años el anciano murió, y los chavales crecieron. Algunos recordaban al peculiar benefactor y, ya más maduros, se preguntaron a qué se debería su prodigalidad y su extraño estilo de vida.

La respuesta es toda una historia. El anciano, huido de España en sus años mozos por sabe Dios qué razones, acabó enrolándose con nombre falso, como es preceptivo, en la Legión Extranjera Francesa. Combatió, al menos, en la guerra de Indochina, y fue herido en Diên Biên Phu.

Con su abultada pensión, en francos, de veterano de la primera guerra de Vietnam, compraba chucherías a los niños de un helado y minúsculo pueblo de Castilla.

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