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Turquía como utopía

Todo comenzó con uno de esos tests tan tontos que circulan por Facebook. Me lo hizo llegar @puratura, y consistía en rellenar un cuestionario con el objetivo de adivinar cuál es el país de tus sueños.

El caso es que a mi amiga le salió Noruega y, a mí, curiosamente, Holanda, país desde el que escribo hoy estas líneas.

Nos propusimos, a modo de broma, rellenar el cuestionario a la inversa. Esto es, escogiendo las respuestas que más nos desagradasen. Así, consideramos que la conciliación de vida familiar y laboral nos importa un pijo, que la religión debe ser materia de estado, que las minorías son peligrosas, que las ayudas del gobierno solo sirven para fomentar la pereza y el vicio, que los homosexuales deben ser perseguidos, etcétera… ¿lo van captando, verdad?

Entonces, al hacer click, apareció una flamante bandera turca. ¡Enhorabuena!, ¡tu país soñado es Turquía!

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No entraré aquí a debatir sobre la fidelidad del test, ni mucho menos aún sobre la situación en la Turquía actual. Lo que me resultó impactante no es que saliese Turquía… lo mismo me hubiese dado que fuese Luxemburgo, o Disneylandia. Lo que me impactó es que saliese un país.

Otra vivencia impactante, cuya relación con la anterior se hará evidente más adelante, fue una conversación que tuve con una vecina, cuando aún vivía en Madrid. Se trataba de una anciana con muy serios problemas económicos; lo suficientemente serios como para alimentarse con las sobras que un supermercado cercano repartía en lugar de desecharlas.

¿Y cuales eran las principales preocupaciones de esta señora?, pues en este orden: el “desafío independentista catalán”, el aborto y el matrimonio homosexual. La llegada de Manuela Carmena a la alcaldía de Madrid añadió una preocupación extra: “que Carmena enviase sus milicias a expropiar su patrimonio”, según sus propias palabras.

Hay quién podría pensar que estas prioridades son impropias de una persona que, como esta, forma parte del reducido grupo de españoles cuya vida mejoraría incluso con un comunismo a la albanesa. Sin embargo, no debemos caer en el paternalismo. Estamos hablando de una mujer adulta, ¡sus motivos tendrá!

Todo esto me llevó a reflexionar nuestra costumbre de dar por hecho que, por ejemplo, respetar los derechos humanos es algo bueno per se, un valor poco menos que universal… ¿no será en el fondo un repugnante acto de etnocentrismo?

Quiero decir, si hay gente que considera un derecho inalienable, tan fundamental como respirar, pongamos por caso, el que a Carlos Lozano no le expulsen de Gran Hermano, ¿quién soy yo para oponerme a la voluntad de las masas cuando estas forman mayoría?. O, por poner otro ejemplo, si es usted incapaz de otorgar la confianza de su voto a nadie que no sea un notorio delincuente, o la idea de que la justicia sea igual para todos le produce desazón, ¿quién soy yo para juzgar?, ¿por qué eso no es respetable y el deseo de una seguridad social pública sí lo es? Mientras haya personas que deseen con todas sus fuerzas ser gobernadas por, pongamos, puteros y cocainómanos, ¿no es en el fondo una suerte que existan países que cumplan este requisito para que cada cual pueda elegir su Arcadia Feliz?

Apelo pues al respeto, ¡menos superioridad moral!, ¡no seamos cortarollos! Escojan su utopía, las hay de todos los colores. ¡Celebremos la variedad!

El icono azul

El siglo XXI tiene estas cosas. La semana pasada, todos fuimos testigos del lloriqueo generalizado a causa de una nueva funcionalidad de Whatsapp, que llegó incluso a ocupar titulares.

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Además de las habituales quejas en Twitter, esa red que tiene la extraña capacidad de sacar nuestro lado más idiota, asistimos a sesudos razonamientos sobre cómo podría este asunto afectar a las relaciones humanas.

Si tu pareja te deja, si tu amigo se cabrea contigo, … puedes estar tranquilo, la culpa es del icono azul. Que seas un gilipollas y un miserable no tiene nada que ver.

Me permito añadir una reflexión con muy mala leche. ¿Qué lleva a tanta gente a opinar pública y vehementemente sobre un hecho tan idiota?, al fin y al cabo, no es más que una decisión de una gran compañía de telecomunicaciones. ¿Se imaginan revuelo semejante por un cambio en el modelo de perforadora de Pocerías Sánchez?

Y por último, ¿qué lleva a alguien a creer que un asunto como ese tiene el más mínimo interés para ser contado a los cuatro vientos?, ¿dónde diablos está el interés narrativo en algo tan salvajemente prosaico?, ¿se imaginan Moby Dick empezando de la siguiente manera?:

Llamadme Ismael. Hace unos años, no importa cuántos exactamente, la interfaz de Twitter era mucho más intuitiva.

Una muestra más de que nuestra relación con las herramientas no ha ido mucho más allá de la de un simio con su palo de pescar hormigas, y quizá lo más alarmante, de la desconexión con la realidad que sufren muchos millones de personas.

El simpático Francisco Nicolás

Resulta que lo estábamos haciendo mal. El camino para obtener ganancias no era el esfuerzo, mucho menos el estudio.

Francisco Nicolás ha venido a darnos una lección:

Vivimos en un país meritocrático: el mérito de tener (o inventarse) buenos padrinos lo es todo. Todo. Terminar la carrera, tener algo que ofrecer… son añadidos sin importancia.

Vivimos en un país liberal: en el que el intervencionismo gubernamental es tan mínimo se limita a meros sobornos para vender fincas.

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Por Pedro Vera, el más sagaz cronista de la sordidez española

Y el personaje nos cae simpático. Vemos en él un dechado de virtudes. Un crack, un genio, … nada que ver con esos lloricas que se van a terminar sus doctorados fuera.

Pedro le invitaría a gusto a unas copas, haciendo un esfuerzo con los dos meses de paro que le quedan.

María no tendría inconveniente en acostarse con el ilustre, siempre que la cama la ponga él, pues desde que desahuciaron a sus padres y viven con ella la intimidad está complicada.

Lola siente simpatía natural hacia el joven, que le recuerda mucho a su hijo. Le añora mucho ahora que limpia platos en Londres.

A Juan, la divertida historia le ha animado un poco en estos días duros en los que a su madre ha muerto de cáncer, a la espera de un tratamiento que de tanto retrasado resultó inútil.

El contrapunto a tanta diversión y simpatía lo ponen algunos cortarrollos que, como yo, opinan que hay pocas cosas más despreciables que un esclavo satisfecho.

Comienza Naukas 2014

Mañana a las 10:00 AM (CEST) dará comienzo Naukas 2014.

Aquellos que no podáis acudir al evento en persona podréis seguirlo por streaming desde la página de EITB. Aún no tenemos el enlace concreto, pero iremos informando en directo desde nuestra web y desde nuestra cuenta de Twitter.

Un servidor hablará de navegación astronómica a las 10:20 AM del Viernes.

Extraña muerte

Ya desde el principio la cosa fue alucinante. Los medios comenzaron a homenajear al difunto Suárez 48 horas antes de su defunción. No sé si esto tiene precedentes en la antropología, pero desde luego es como para escribir varios ensayos.

Luego, lo mejor de todo: el contenido y portavoces de los homenajes. Encizañadores profesionales e incluso enemigos personales del expresidente, entre otros, se pusieron de acuerdo para ensalzar sus virtudes de diálogo. Gente que, a menudo, hace gala de despreciar el valor de la palabra, especialmente si procede de bocas ajenas o, ¡Dios nos libre!, se articula en catalán.

Hablamos, no lo olvidemos, de un país en el que hasta el Presidente del Gobierno ha tomado la costumbre de dar ruedas de prensa sin preguntas a través de una pantalla de plasma.

Y para acabar, una guinda en el homenaje a la mejor retórica que ha conocido La Moncloa en los últimos tiempos. Cuando el portavoz de la familia salió del hospital, lógicamente compungido, a comunicar el fallecimiento a los periodistas allí reunidos, se produjo una grotesca avalancha. Los reporteros, rodeándole entre alaridos, siguieron, sorprendentemente, dando voces mientras el hombre hablaba. Cuando acabó de dar la mala noticia, y cuando el espectador está frotándose los ojos de incredulidad ante lo que acaba de presenciar, otro periodista grita algo increíble que me retrotrajo a mis tiempos de la E.S.O: “¿puede repetir?”. Si no lo creen, véanlo con sus propios ojos:

Posteriormente, la cola para visitar su capilla ardiente nos dejó algunas frases completamente alucinantes. Como la de la señora que recalcaba que su mayor virtud era “Nunca haber robao, ni ningún escándalo se le conoció”. O aquel flipante “Tengo un examen, pero vengo a despedirme del padre de la democracia”.

Puesto que parece que está de moda decir disparates totalmente desprovistos de sentido sobre el triste asunto, aquí dejo el mío. Un poema-homenaje que expresa muy bien el sentir de buena parte de la sociedad:

suarez

Confío en que, al menos, mis colegas surrealistas lo entiendan.

Algo habrán hecho

– ¿Has visto lo de Ceuta?
– Claro que lo he visto, pero no te creas todo lo que dicen los medios.
– ¿A qué te refieres?
– Pues a que pintan a los inmigrantes como si fueran unos santos, pero lo cierto es que estaban violando la ley.
– Ya, pero…
– Mira, yo siempre estaré del lado de la Ley y la Justicia. Al fin y al cabo, si no fuera por las autoridades ésto sería un sindiós. Esos subsaharianos* cometieron un delito, y en un estado de derecho el que la hace la paga.

Por prudencia callo, y de regreso a casa compruebo si existe en nuestro Código Penal algún delito que se castigue con un tiroteo en la playa a civiles desarmados, sin juicio previo.

*: subsahariano: que vive debajo del Sáhara. Debajo de la arena, imaginamos.

Un país menguante

Con el 98% de los votos escrutados, el futuro presidente se acostó con la certeza de haber ganado. Después de meses de campaña, al fin lo había logrado: su partido, con él a la cabeza, gobernaría al menos durante cuatro años.

Con el ajetreo de los últimos días, ni siquiera había reparado en el hecho de que se disponía a gobernar sobre unas 47 millones de personas. Al pensarlo sintió orgullo, pero también vértigo… y acabó desvelándose.

Los reveses no tardaron en aparecer: en los periódicos del día siguiente ya aparecían las primeras críticas, sin haberle dado tiempo siquiera a jurar el cargo. No le dio ninguna importancia, sin duda eran obra de unos exaltados. Se dijo, sabiamente: “ignóralos, tienes un país que gobernar”.

Pasaron los meses, y el presidente y su equipo gobernaron con desigual fortuna, provocando ovaciones acá, abucheos allá. Llegaron también las primeras manifestaciones y huelgas, pero el presidente estaba tranquilo: no eran más que unos exaltados, una ínfima y pésimamente escogida muestra de la sociedad que tan masivamente le apoyaba. Se dijo una vez más: “ignóralos, tienes un país que gobernar”.

Algunas regiones del propio país, tradicionalmente las más contestatarias e independentistas, también le lanzaban sus ataques. Una vez más, apeló de cara a su conciencia a los intereses de la mayoría: “había que ignorar a aquellos radicales”. Las amenazas independentistas más serias eran contestadas con firme oposición desde, surrealistamente, el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Los problemas arreciaron, y el descontento era cada vez más evidente. Se puso de moda blandir como pancarta el propio título universitario. Pero una vez más, se trataba solamente de un grupúsculo de holgazanes. Poco importaban sus licenciaturas en química o sus títulos de ingeniero, nunca llegarían muy lejos comportándose como vándalos. La gente de bien, y también los buenos estudiantes, se quedan en casa sin provocar altercados. Lo mejor era ignorarles, la gente de bien merecía todo su tiempo y energías.

Cuando una ciudad tradicionalmente afín a su partido se alzó en violentísimas protestas, al principio quedó perplejo. Pero rápidamente encontró una explicación a todo: se trataba de una mesnada itinerante de vándalos, una especie de temporeros del cóctel molotov que sin duda nada tenían que ver con tan noble ciudad.

Más intrigantes aún fueron los encontronazos con los estudiantes de premio de fin de carrera, los inspectores de hacienda, algunos jueces, e incluso varios europarlamentarios. Nunca hubiera imaginado que existiesen elementos antisistema en tan elevadas esferas, pero ahí estaban. Por otro lado, tampoco hubiese imaginado que condenados por asesinato, torturadores con orden internacional de búsqueda y captura o conductores suicidas pudieran ser gente de bien, merecedora de todo su respeto y favores, pero así era contra toda duda. Nunca te acostarás sin saber una cosa más, se decía, cuando reparaba en éste tipo de curiosidades.

Otro dato preocupante era el de la abstención de voto, pero una vez más, “¿qué importa la opinión de los “sin opinión”, aunque sean muchos?, lo mejor es ignorarles y centrarnos en la gente de bien, que cumple con su deber electoral”.

Había un joven matemático militando en su partido. Un día, calculó que aquella entelequia de “la gente de bien” que su partido tenía en mente al gobernar apenas llegaba al medio millón de personas… y eso sumando todos los banqueros quebrados, empresarios aficionados a la bancarrota, delincuentes comunes y no tan comunes indultados, etcétera. Ésto suponía haber pasado de gobernar para la quinta mayor democracia de la Unión Europea, a gobernar para la penúltima, entre Malta y Luxemburgo.

Naturalmente, fue amonestado. Lo último que necesitaban los españoles de bien era pesimismo.

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