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El veterano

Era un anciano un tanto excéntrico, aunque nunca, que se sepa, causó problemas a nadie. Vivía a caballo entre la pensión y el bar, y no se le conocía oficio. Nunca se casó y aquello, en aquel pequeño pueblo, era considerado una rareza más. Mozos viejos, los llaman aún.

Los niños del pueblo le adoraban. Se trataba de un amor un tanto interesado, pues la clave de todo radicaba en que el señor iba repartiendo monedas a mansalva entre los zagales. Cien pesetas por aquí, doscientas por allá, para pipas, para chuches, para todos. Como un pozo sin fondo.

Al parecer, su nivel de gastos le ocasionaba ciertas complicaciones. Sus dificultades con la economía doméstica se escenificaban elocuentemente cada fin de mes a través del proceso de “ir a cobrar a la capital”. En sus labios, esta sencilla frase significaba recorrer a pie los 60 km que separan el pueblo de Guadalajara. Un taxi le traía de vuelta por la noche.

Al cabo de los años el anciano murió, y los chavales crecieron. Algunos recordaban al peculiar benefactor y, ya más maduros, se preguntaron a qué se debería su prodigalidad y su extraño estilo de vida.

La respuesta es toda una historia. El anciano, huido de España en sus años mozos por sabe Dios qué razones, acabó enrolándose con nombre falso, como es preceptivo, en la Legión Extranjera Francesa. Combatió, al menos, en la guerra de Indochina, y fue herido en Diên Biên Phu.

Con su abultada pensión, en francos, de veterano de la primera guerra de Vietnam, compraba chucherías a los niños de un helado y minúsculo pueblo de Castilla.

legion

Desfase

Era un Domingo cualquiera, por la tarde. Entró bailando al garito, una de las mecas del punk alcarreño.

chinaski pub

 

Nadie más bailaba, pero no parecía importarle. Lo estaba pasando realmente bien bailando solo. En un momento dado, se cayó para atrás. Con gran jolgorio de los parroquianos, golpeó culo, espalda y cabeza, en ese orden, contra el suelo.

Las risas duraron poco. El tipo no se movía, y solo decía que no sentía nada de cuello para abajo. Pararon la música con gran congoja. Vino una ambulancia. Inmobilizaron al tipo en una camilla, y se lo llevaron.

No dio tiempo a lamentarse mucho. A los 15 minutos exactos de salir en camilla, volvió a entrar por la puerta, una vez más, bailando una de Laurel Aitken.

Una noche de ensueño

La siguiente historia es una adaptación, bastante fiel, de un hecho tan real como surrealista que me hizo llegar mi señora madre. El protagonista es una leyenda viva de la noche alcarreña, precisamente en virtud de hazañas como ésta.

vrolijke drinker - Judith Leyster

El alegre bebedor, de Judith Leyster

Despertó en la oscuridad, bastante desorientado. Palpó las paredes hasta dar con un interruptor, y respiró aliviado cuando la luz se encendió; señal inequívoca de que la compañía eléctrica aún no le había cortado la corriente.

Pero, ¡un momento!, aquello no era su casa. Aquello era un bar… parecía que habían cerrado con él dentro.

Tras evaluar la situación durante unos segundos, resolvió acercarse a la barra y servirse un whisky. Sería el primero de varios.

Se encendió un cigarro, recordando los tiempos anteriores a la prohibición de fumar en locales públicos.

Abrió la caja registradora, y para matar el tiempo la vació en la tragaperras.

Al día siguiente, cuando el dueño del bar regresó para abrir, le encontró durmiendo encima de la mesa de billar. Cuando pasó el susto inicial y comprendió lo que había pasado, el dueño le echó entre gritos. “¿Pero cómo eres tan cabronazo?”, decía una y otra vez.

Pero a juzgar por cómo se le iluminan los ojos al protagonista de nuestra historia al rememorar aquella hazaña, resulta evidente que valió la pena enemistarse con el dueño del bar.

Aquella fue una noche de ensueño.

Queridísimos verdugos

Aunque seguro que muchos de mis lectores lo conocerán, hoy quiero recomendar un documental con una temática bastante escabrosa. Su nombre es Queridísimos verdugos, y lo rodó Basilio Martín Patiño en 1973. Dada la naturaleza del asunto tratado, hubo que rodarlo de forma clandestina, y no vió la luz hasta pasada la muerte de Franco.

En él se narran las vidas de los últimos verdugos españoles y, colateralmente, se retrata una España negra, negrísima, tanto que cuesta creer que haya sido real hace hoy apenas 40 años. Los paisajes, situaciones, y, sobretodo, los personajes que desfilan ante las cámaras, son tan caricaturescos y esperpénticos que uno puede llegar a sospechar que el documental es una ficción de cachondeo.

Sea como sea, aquí dejo el link al documental completo. Les aseguro que no les aburrirá ni un minuto, ni tampoco les dejará indiferentes:

José Luis Sin Censura

El tema de la telebasura ya ha salido con anterioridad en éste blog, por ejemplo, cuando hablamos de El juez Manuel Franco o de aquellos espantosos Videoclips andinos.

Pues bien, creo haber encontrado un programa que deja a todos éstos horrores a la altura del betún. Es un programa grabado en California y orientado al público mexicano residente en los Estados Unidos. Se trata de un programa de testimonios, dirigido por un tal José Luis, al que podemos ver en ésta fotografía:

Un hombre de confianza

La gracia del programa es que sistemáticamente se acaba a hostia limpia, mientras el público jalea (“¡duro!, ¡duro!” y “¡José Luis, José Luis!”); muy a menudo, incluso el público participa con gran entusiasmo de las tanganas (tanto es así, que en las últimas temporadas está separado del plató por un discreto foso).

Dejo aquí, a título de ejemplo, un vídeo que habla por sí solo.

El infierno de Feynman

Estrenamos el año con otro cómic de pésimo gusto y calidad:

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Una historia de descolonización

Aunque hablaremos de Uganda, cosas parecidas sucedieron en República Centroafricana, Ruanda, etc…

Desde Londres llegó la confirmación de la descolonización del territorio, Uganda iba a convertirse en un país libre. Si desde la metrópoli se tomaba ésta decisión con la boca pequeña, imagine el lector cómo sentó a las élites inglesas que vivían en Uganda.

Entre sus órdenes estaban las de preparar la transición, abandonando progresivamente sus puestos, que pasarían a ser ocupados por un nativo ugandés al que considerasen competente. Los colonos ingleses, racistas convencidos, pensaban que Uganda no duraría mucho sin la “protección” de Gran Bretaña, y tenían esperanza en que el resultado fuese tan desastroso que finalmente no llegase a completarse la descolonización. A pesar de éste convencimiento, sintieron la necesidad de acelerar el proceso, y elevaron a los más altos cargos a los ugandeses más corruptos, peligrosamente imbéciles, e incluso mentalmente ineptos que encontraron.

En ésta nueva élite brilló con luz propia Idi Amín Dada, literalmente analfabeto, que poco después de la independencia lideraría un golpe de estado y una de las dictaduras más sangrientas que recuerda el continente africano.

El despropósito de su mandato llegó a extremos que rayan en lo cómico. Entre otras lindezas, se proclamó Rey de Escocia, Señor de todas las bestias en la Tierra y de los peces del mar. Tenía costumbre de hacer transportar su trono, con él sentado encima, por cuatro hombres blancos, a los que hacía silbar la melodía de Puente sobre el río Kwai.

De paseo

Dedicó gran parte de su mandato a enemistarse con el mundo entero, ocupando incluso el centro de la política internacional cuando permitió que un avión de Air France secuestrado por el Frente Popular de Liberación Palestino y las Revolutionäre Zellen aterrizase en el aeropuerto de Entebbe.

Éste secuestro dió lugar a una de las operaciones más osadas de la historia militar que bien merece mencionarse; los israelíes enviaron un avión a Uganda, volando fuera del alcance de los radares, y rescataron a los rehenes sufriendo únicamente una baja y con la muerte de tres de los rehenes.

Sentía también una aversión personal hacia el presidente de Tanzania, principal destino de los refugiados políticos ugandeses, al que provocaba constantemente en sus discursos.

Finalmente estalló una guerra entre ambas naciones. Los soldados ugandeses, más acostumbrados a asesinar civiles desarmados que la guerra real, no se lo pusieron muy complicado a los tanzanos.

Se dice que cuando las tropas tanzanas asaltaron el palacio de Idi Amín, encontraron una caja fuerte que contenía granadas de mano y toda la colección de películas de Disney. Toda una metáfora de su forma de ser.

Fuentes:
– Ébano. Ryszard Kapuscinsky.
– Payasos y monstruos. Albert Sánchez-Piñol.

Italia

Italia es un país de contrastes, capaz de lo mejor y lo peor. César Augusto y Nerón, conquistar Hispania y ser derrotados en Guadalajara, arte en las calles de Florencia y basura en las de Nápoles, Lamborghini y Fiat, renacimiento y berlusconismo…

Reflexionando sobre todo ésto se me ocurrió el siguiente chiste soez:

Se non è vero, è ben trovato

El affaire John Cobra

Hace ya bastante tiempo, hablamos aquí de John Cobra, vaticinándole un futuro brillante en el mundo del espectáculo. Poco a poco se ha ido convirtiendo en una estrella del youtube, hasta llegar al extremo de estar nominado para representar a España en Eurovisión, gracias a los votos recibidos por parte de los internautas (entre los que me incluyo).

El sistema de votos, creado en nombre de la democracia y del mundo de lo interactivo (nada que ver con el afán recaudatorio vía SMS) se convirtió en un vehículo para el comportamiento subversivo de los internautas, que votaron (votamos) a un sujeto con muchas probabilidades de armarla.

Desde que estuvo nominado, se vió atacado de diversas maneras absurdas, acusado de ser machista, racista, violento, y expresidiario, golpe muy bajo éste último… y digo absurdas por que John Cobra es un personaje de ficción creado por Mario Vaquero, cuya gracia radica precisamente en que se comporta como un auténtico macarra pasado de rosca. Cuánto del auténtico Mario Vaquero hay en John Cobra es otra cuestión.

Nuestros vaticinios sobre su potencial subversivo-macarril no se quedaban cortos, pues, durante la gala de Eurovisión, John Cobra saltó a los titulares al concluir su actuación con insultos dedicados al público, en respuesta a los abucheos que le dedicaron desde el momento en que salió al escenario, y a los que nadie puso fin. Semejante comportamiento antisocial, y sobretodo, diametralmente opuesto a lo políticamente correcto, dió lugar a una avalancha de críticas y sermones (aquí pueden ver el vídeo del incidente, dónde un tipo con aspecto de supervillano de cómic [José María Íñigo] echa una bronca paternalista a John Cobra, con maldición incluída). La pelota creció, llegando incluso a levantarse un absurdo debate en los foros de El País sobre la educación de la juventud.

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Nuestro antihéroe, agarrándose los huevos mientras increpa al público, acompañado por Anne Igartiburu y su esposa

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Todo ésto por no hablar de cómo se ensañaron con él los miembros de la prensa rosa (indignados por que la canción de su abanderada fué descalificada por violar de forma clara varias de las normas del concurso), escandalizándose por que un exconvicto que se ha hecho famoso a base de hacer macarradas pueda llegar al mundo del famoseo. Mundo éste al que tradicionalmente solo se llega, como bien saben los popes de la prensa rosa, cultivando todos los campos de la miseria humana por igual, pero nunca especializándose en uno solo.

Para muchos de nosotros, la apoteosis macarra de John Cobra fué lo único que valió la pena de toda esa pringosa y anacrónica gala que, admitámoslo, a nadie le importa un pito. Y que un espectáculo tan cutre y bajuno nos resulte casi una bocanada de aire fresco, nos da una idea de lo pésima y alejada de la realidad que es la televisión normal y corriente. Con un poco de suerte, llegará el día en que le veamos repartiendo hostias en cualquiera de esos programas de cotilleo de la tarde; espectáculo edificante al que vaticino récords de audiencia.

Mediocridad

En los últimos años se ha venido produciendo una verdadera exaltación de la mediocridad que va in crescendo. En la década de los 90, el mero hecho de que a un muchacho no le gustase el fútbol era considerado una provocación por sus compañeros de clase e incluso por algunos profesores. Más adelante, cualquier desviación de la normalidad, ya fuese una psicopatía brutal o simplemente el hecho de no ver la tele, te llevaba de cabeza al despacho del orientador.

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Todos igual

Todos igual

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Fuera del campo de la educación, éste amor por la mediocridad brilla con luz propia en el mundo de la política. Los políticos de más alto rango suelen destacar por su sosez, su ñoñería extrema y su ignorancia monda y lironda… por no hablar de su insoportable oratoria, que parece estudiada al milímetro por sus asesores precisamente para ser mediocre, para no decir nada.

En relación con éste intenso romance con lo mediocre, hoy ha aparecido en todos los medios una noticia bastante excéntrica. Al parecer, una niña holandesa de 13 años, planeaba dar la vuelta al mundo en solitario en un velero, con el permiso de sus padres, y, pese a su juventud, con varios años de experiencia en el mundo de la navegación (hace poco navegó en solitario hasta Gran Bretaña, para sorpresa de las autoridades portuarias).

El gobierno holandés, tras desatarse una gran polémica, ha decidido quitarle la custodia a los padres. El núcleo de la argumentación del gobierno holandés ha sido la importancia de la educación psicosocial (la niña se había comprometido a estudiar y examinarse de las materias necesarias durante el viaje, a través de Internet) en la adolescencia para el desarrollo de la personalidad, además del peligro de que la niña sufra algún daño físico. Verdaderamente sorprende ese alarde de paternalismo por parte de un país que siempre ha sido la punta de lanza del derecho a la libertad individual.

Si bien es cierto que la cuestión no es baladí, el hecho de que se haya producido una prohibición tan tajante y tan salvaje (retirada de custodia incluída… todo en pro de la salud mental de la niña) basada además en argumentos como esos, me resulta, personalmente, descorazonadora.

Le deseo la mejor de las suertes a Laura Dekker. Algún día será una excelente publicista, psicóloga de empresa, relaciones públicas o agente inmobiliaria; adicta al Valium en todos los casos.

En definitiva, una persona perfectamente integrada en el siglo XXI.