Con las tripas

Hace un tiempo llegó a mis oídos la historia de una familia gitana a la cuál le tocó la lotería. Decidieron usar su dinero para mudarse a una casa más grande, en lo que llamaríamos un barrio pijo. Hasta aquí no es más que una historia costumbrista y aburrida, nada más sucedió. Si soy capaz de recordarla años después es porque la historia, los hechos desnudos, no vinieron sólos. Mis contertulios, gente humilde, que se considera a sí misma progresista y que vivía y vive muy lejos de aquel barrio de postín, lo calificaron de desgracia.

“Imagínate que te pasa a tí. ¡Menuda putada!”

Naturalmente, en ese supuesto imaginario ninguno de nosotros es el nuevo vecino.

“Te gastas una pasta en un chalet y encima esto. Es que te acaban echando.”

Hay que aclarar que esto sucedió en los últimos años “buenos” de la burbuja inmobiliaria, cuando lo de echar a gente de su casa era algo más extraordinario que a día de hoy.

Uno de los más osados, ante la revelación de que el tamaño de la cuenta bancaria no es filtro suficiente, incluso decía:

“Debería haber leyes para evitar esto, los proprietarios están desprotegidos.”

Redescubriendo tarde y mal el concepto de apartheid.

Por supuesto, ninguno de los participantes en aquella conversación se consideraba racista, ni clasista, ni nada parecido. Todas aquellas barbaridades se sustentaban sobre una suerte de ley natural, imposible de expresar en palabras pero inviolable y evidente, como si la llevasen grabada en la memoria BIOS de las tripas:

“Pero es que hay cosas que no hace falta explicar, joder. Gitanos, tío, en un barrio como este. Si no ves venir que van a traer problemas o mientes o eres gilipollas. No es su sitio y todos lo sabéis.”

Pienso en esto a raíz del reciente escándalo por la compra de un chalet por parte de dos dirigentes de Podemos. Sin duda ha sido un movimiento torpe por su parte, y la gestión posterior no ha hecho sino empeorarlo. Si bien es cierto que no han hecho nada ilegal, han perdido la confianza de un gran número de votantes. ¿Lo han visto venir?, responder a esta pregunta sólo nos permitiría discernir entre si son egoístas o imbéciles. En ambos casos, decepcionan.

Sin embargo, creo que lo más interesante de todo ha sido la escala del escándalo. Y es que en España sobran motivos para escandalizarse, pero hay, comparativamente, pocos escándalos grandes. La sociedad española ha demostrado tener amplísimas tragaderas para la corrupción, el robo, la burla y la mentira, probablemente más que ningún otro país desarrollado. No, la magnitud del follón que se ha armado no se explica de no ser porque el asunto #ChaletGate ha tocado una fibra sensible. Y esa fibra sensible es la coherencia.

¿Coherencia, dices?, ¿coherencia en el país de “OTAN de entrada no”?, ¿el de la derecha católica y los “volquetes de putas”?, ¿el de los discursos contra el nacionalismo bajo una bandera de 15 x 20?”

Sí. Coherencia, digo. Pero no me refiero a la coherencia que nace del sesudo análisis de tuits pasados. No la coherencia que nace de la razón, sino la otra, mucho más potente, que nace de las tripas. Las mismas tripas que nos dicen que Iglesias y Montero no pintan nada en ese barrio, que su lugar está en Vallecas o en cualquier otro sitio apropiado para los de “su clase” (barrios que identificamos también usando las tripas). Son las tripas también las que nos invitan a llamar “señor” y mirar con admiración a cualquiera con corbata, ricillo jerezano y bronceado a lo Baqueira-Beret, al mismo tiempo que nos llevamos la mano a la cartera. Sea sincero, usted también puede escuchar a sus tripas, ¿verdad?

Nuestras tripas, quizá gracias a la dieta mediterránea, son otro de los muchos prodigios de la sociedad española. Gracias a nuestras tripas hay en el mundo pocos lugares con una sociedad más ordenada, donde cada cuál conozca mejor su lugar. Podemos predecir con bastante precisión, sin necesidad de complicados algoritmos, quién puede ser rico y quién no, quién va a tener suerte en la vida, o en un juicio, y quién no, quién caerá de pie y quién no. Y todo con las tripas.

El día que empecemos a usar, además, la cabeza, vamos a ser la hostia.

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