Cabezazos y blasfemias

Los mozos del pueblo celebran las fiestas patronales entre risotadas, alaridos y grandes dosis de alcohol.

Si afinan el oído, notarán que los alaridos que escuchan no solamente están articulados, sino que siguen un hilo argumental: se trata del concurso de blasfemias que, todos los años por estas fechas, organizan en el lugar.

A continuación, rigurosamente respetuosos con la tradición, se da paso al concurso de cabezazos. La idea es simple pero genial: ganará aquel que dé el cabezazo más heterodoxo, más formidable. Los jueces valorarán especialmente la violencia, destructividad y desprecio por la integridad física del participante.

headbutt

Alguien intenta partir un palet, pero es descalificado por utilizar más de un cabezazo. Otro abolla la puerta de un frigorífico, que ha traído consigo para el evento. Pero la gloria se la lleva un tipo que lanza al aire un puñado de candados entrelazados y lo remata como si fuera una pelota de fútbol, cayendo inconsciente al instante.

Aún sangrando y aturdido, es jaleado y llevado a hombros como el nuevo campeón… hasta el año que viene.

Sucedió en la Alcarria profunda, a principios del siglo XXI.

El joven doctor

No todos los días le escriben a uno desde una prestigiosa Universidad Norteamericana. Sin embargo, últimamente, escribían demasiado.

Se estaban poniendo muy pesados con los requisitos para aceptar un artículo. Iban ya varios borradores, y cada cuál era merecedor de una corrección que, aún siendo menor que la que le precedía, daba la impresión de atrapar al joven doctor en un proceso sin fin.

Cuando el severo editor escribió el último email, sin duda no imaginaba que este sería leído en un lugar tan poco propicio para el estudio y la investigación como un bar del barrio canalla de Guadalajara. Llegó, debido a la diferencia horaria transatlántica, un Sábado a las 3 de la madrugada, y fue leído en presencia de los amigotes y delante de varios gin tonics. En el email se solicitaba, como última corrección, que se usase doble espaciado en lugar de espaciado simple.

birrete

A la mañana siguiente, el joven doctor despertó de su noche de juerga con resaca. Nebulosamente, recordó el email. Hubo cachondeo con su contenido, muchas risotadas, mucha mala leche, pero… ¿respondió o no?

No sin cierta preocupación, consultó su bandeja de salida. En efecto, había una respuesta a las 3:14 AM. Solamente contenía dos palabras:

Fuck off!

Al joven doctor le esperaba un largo Domingo de explicaciones.

¿De qué quieres la caja?

Es, o al menos lo era la última vez que le vi, digno merecedor del título de borracho tradicional.

Su voz aguardentosa, sus andares oscilantes, su aspecto de Gambrinus, sus extraños piropos, sus pases toreros a los coches, y un sinfín de méritos lo acreditaban como tal.

gambrinus

Pero a diferencia del bolinga clásico, este era divertido e ingenioso. Sirva de ejemplo la siguiente situación:

Una mañana de Sábado, el protagonista de nuestra historia regresaba de un noche de parranda, cuando encontró a unos niños jugando con un monopatín. Pidió que le dejasen subir.

Los chavales, deseosos de presenciar un espectáculo cómico, le pasaron la tabla, a la que, sorprendentemente, subió sin problemas. Allí se mantuvo un rato, sin caerse a pesar de sus aspavientos, cuando uno de los chavales le dijo:

– ¡Te vas a matar!, ¡voy a ir llamando a la funeraria a pedir la caja!, ¿la quieres de pino o de qué la quieres?

A lo que el bolinga respondió raudo y veloz, desde encima del monopatín, levantando un dedo como para sentar cátedra:

– ¿La caja?, ¡de botellines!

Dos meadas para la historia

La prestigiosa universidad de Cornell estaba a punto de ser escenario de una imagen insólita. Eran los 60, y la carrera espacial estaba en boca de todos. Varios profesores y estudiantes discutían sobre las dificultades que tendrían los astronautas para pasar una temporada en ingravidez.

Surgió una cuestión de física bastante básica… ¿se podría orinar en ingravidez? Rápidamente empezaron a esgrimirse argumentos a favor y en contra. Uno de ellos, Richard Feynman, resolvió el asunto salomónicamente: sacándose la chorra, haciendo el pino, y echando una meada ante los asistentes.

Un tipo interesante este Feynman… debe de ser una de las pocas personas que, en su biografía, narra sin pelos en la lengua su intensa y nada ortodoxa vida amorosa, su afición a los bares de strip-tease, además de detallar su primera pelea tabernaria, por no reincidir en la consabida macarrada de mear del revés.

Estaríamos ante un heterodoxo más, un impresentable asilvestrado a la altura de Manolo Kabezabolo, de no ser por un importante detalle difícil de asimilar para los más bienpensantes y políticamente correctos: Feynman fue uno de los científicos más brillantes que ha dado el siglo XX.

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Su premio Nobel de 1965 así lo atestigua. Se dice que lo guardaba al lado de otro premio que ganó años antes, en el Carnaval de Río: un trofeo por su habilidad tañendo la frigideira. También estaba especialmente orgulloso de un sorprendente certificado, expedido por el Ejército de Estados Unidos, que le declaraba deficiente mental.

Si os interesa el personaje os recomiendo el libro: ¿Está usted de broma señor Feynman?, en el cual he basado este artículo.

Aclaro que en todo momento he citado de memoria, de modo que es posible… o más bien, seguro, que haya alguna que otra inexactitud.

El tema del pis de astronauta dió una vuelta de tuerca más durante el famoso vuelo suborbital de Alan Shepard de 1961. El vuelo, que apenas debería haber durado una hora, se retrasó muchísimo en la torre de lanzamiento, con el pobre Alan encajado en su asiento y enlatado como un boquerón.

En un momento dado, Alan comunicó al equipo de tierra que ya no podía aguantar más sus ganas de mear. La misión estuvo a punto de abortarse. Los ingenieros estudiaron, rápidamente, la viabilidad de que el amigo Alan se mease encima. No era cuestión baladí, pues podía cargarse los sensores de temperatura y provocar un serio incidente. La configuración de su asiento – lata de sardinas haría, además, que la orina se acumulase en su espalda.

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Finalmente, desactivaron los sensores pertinentes y Shepard pudo batir tres récords: ser el segundo hombre en el espacio, el primer americano en el espacio, y el primer tipo que visitó el espacio meado.


El artículo de hoy merece una aclaración. El pasado Lunes, la plataforma de divulgación Naukas propuso a varios de sus colaboradores escribir un artículo relacionado con “tetas”, para publicarlos todos simultáneamente bajo el hashtag #LunesTetas. Para los interesados, aquí está la lista de todos los autores (y autoras) que participaron.

A un servidor, los chistes sobre tetas y culos, también conocidos como humor de parroquia, dejaron de epatarle hará unos 15 años, y por eso no participó de aquella… Sin embargo, recientes acontecimientos, relacionados con la mojigatería, me han hecho cambiar de parecer y participar en esta segunda parte, amparada bajo delicado nombre de #LunesPollas.

Si alguien siente curiosidad por dichos asuntos, puede informarse aquíaquí.

Vídeo

Astronomía, la tatarabuela de las ciencias exactas (vídeo)

Ya está disponible, por cortesía de @Raven_Neo, y @eliatron, el vídeo de la charla que di el pasado 10 de Diciembre en la Universidad de Sevilla.

Si alguien tiene interés, puede verlo aquí:

Cartel Pablo

El vídeo fue grabado con una cámara fija, y como soy un enreda me salgo de plano constantemente. Lo siento.

Madrid, axis mundi

Nota previa:

La semana pasada, mi humilde blog recibió una tumultuosa visita, sin parangón desde los tiempos de Atila el Huno. Todo sucedió a raíz de este artículo, que pretendía ser el primero de una serie de al menos 2 entregas. Aquí está la segunda:

¿Cómo es eso de que Madrid no es un buen lugar para vivir?, ¿cómo es posible?, ¿Madrid?, perla de Castilla, espejo de naciones, orgullo de Occidente, asombro de Oriente, la nueva Babilonia, axis mundi.

Podría dar mis opiniones personales, como por ejemplo las referentes a ruido, o la suciedad, o la contaminación, o ese extraño y omnipresente olor a ajo, o la ausencia de características geográficas reseñables (¡cuánto ganaría Madrid con playa!… o en las faldas del Vesubio), o el descuidado urbanismo de la inmensa mayoría de su arquitectura (que la hacen parecer una ciudad de copy-paste… una especie de compendio desordenado de todas las ciudades de España), o la ausencia casi total de zonas verdes (pese al laxo concepto de las mismas que se tiene por aquí), o la conducción colérica de sus conductores… pero no quisiera ser injusto. Como soy un tipo escéptico, ecuánime y, ante todo, equilibrado, a continuación daré voz al lado opuesto, a los supporters pro-Madrid, añadiendo claro está mi opinión al respecto.

Tras escuchar con atención a amigos y compañeros que viven encantados en Madrid, con la sincera esperanza de que me ayudasen a cogerle el gusto a la capital (lo juro, ¡deseo amar el lugar en el que vivo!… pero el amor no se puede comprar amigos míos… de modo que quedo a la espera de mi epifanía madrileña). He observado algunos comportamientos peculiares en éste colectivo:

  • Ante la pregunta, ¿qué ofrece Madrid que otras ciudades no tengan?conceden una importancia desproporcionada a la existencia de una Ópera. Desproporcionada, porque jamás han ido ni tienen intención de hacerlo. Además, aún no piden, que yo sepa, un certificado de empadronamiento en la entrada.
  • Si uno insiste un poco más, también se concede una enorme importancia a la existencia de bares y terrazas. Como si Madrid fuese el único lugar no ya de España, si no del mundo, en el que puede uno chuzarse a gusto. Estoy de acuerdo, eso sí, en que el alcohol ayuda a soportar la vida aquí.
  • El omnipresente cosmopolitismo, cualidad metafísica a la que se concede gran importancia y de la cuál alardean ciertas personas que en pleno siglo XXI aun viven en corralas.
  • También es omnipresente el careto de crispación absoluta. Why so serious?, ¿os habéis olvidado de dónde estáis?
  • A pesar de la encendida pasión que aseguran sentir por Madrid, raro es el fin de semana que no salen de la ciudad, picando rueda, con dirección a la sierra, a la playa, o su ciudad/pueblo de origen, atascando literalmente todas las vías de salida. Bien conocido es también el cambio demográfico de Madrid en Agosto, algo raro de ver en tiempos de paz o en ausencia de desastres naturales.
  • Otra ventaja que he oído: la velocidad de Internet. Toda una paradoja, puesto que es una invitación a quedarse en casa. Entiéndanme, … ventaja es, pero lo que yo entiendo por disfrutar de una ciudad no involucra verme todas las temporadas de Juego de Tronos seguidas desde el calor de mi oscuro piso compartido.
  • Algunos hipsters hablan también del anonimato que proporciona la gran urbe. Esa fijación con el anonimato puede parecer sospechosa (un barbudo que se peina como Himmler debería ser muy cuidadoso con levantar sospechas), pero la traducción al lenguaje no-hipster es mucho más inocente: aquí está más reñida la competición por ser el tonto del pueblo. Mera cuestión estadística.

Es curioso, además, que la mayoría de estas ventajas solamente sean ligeramente superiores en Madrid que en otros lugares (¿de verdad es mucho peor la conexión a Internet en, pongamos, Tarragona?). El verdadero hecho diferencial que encuentro en Madrid es que aquí, y no en otra parte, tengo mi trabajo. La inmensa mayoría de gente que conozco está aquí, como yo, por trabajo y/o estudios. Si una ciudad a la que la mayoría va a dormir es una ciudad dormitorio, no entiendo porqué una ciudad a la que la mayoría va a trabajar no puede ser una ciudad oficina.

Como digo, me encantaría sentirme en mi salsa en esta ciudad… pero no lo logro. Lo he logrado, lo crean o no, en otras capitales europeas e incluso en alguna americana, pero no en Madrid.

Madrid me parece una ciudad aceptable a secas, del montón, a la que, eso sí, puedo sacar (y saco) partido, y en la que viven muchos buenos amigos. Que no es poco.

¿Es posible que, tal y como existe un síndrome de Estocolmo, exista un síndrome de Madrid? Me explico: imagino que vivir en una ciudad tan cara (dejemos al margen consideraciones estéticas) resulta más llevadero si uno cree que está en Manhattan.

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Como el agente Mulder, quiero creer. Quiero creer con todas mis fuerzas… creerme en un lugar excelso, centro de la creación, donde todo puede pasar y solo hay que coger las oportunidades al vuelo… un vivero de ideas, dónde el talento se respira, un paraíso para los emprendedores, dónde la pobreza, la frustración y la crispación nunca han tenido ni tendrán cabida.

A veces cierro los ojos y me siento en el Central Perk de Friends en cualquier bar de Malasaña. Lo de cerrar los ojos es para no ver el cartel de “No escupir” ni los ojos rojos y vidriosos del tabernero.

La última vez que puse en práctica este experimento mental tuve suerte, pues al abrirlos, se posaron sobre tres tipos, barriga y palillo en la comisura de los labios, discutiendo a voces sobre un Athletic – Real Sociedad. La viva imagen de los sofisticados Ross, Chandler y Joey.

Basta de dárnoslas de lo que no somos. Por más que me gustaría sentirme en Manhattan, los alaridos del afilador y el melonero rompen la magia.

Alquilar en Madrid

Éste artículo se ha estado pergeñando durante unos cuantos meses en los cuales he estado buscando piso en Madrid. A la fecha de su publicación, ya llevo una temporada establecido en la capital del reino, atraído por la posibilidad de hacer una tesis doctoral a tiempo parcial en el hueco que me deja mi trabajo a tiempo completo (algunos somos así de masoquistas). Sospecho que no será la última vez que hable aquí de mis impresiones sobre la vida en la metrópoli.

Como habitante de Guadalajara que, durante 12 años se ha desplazado casi diariamente a Madrid por motivos de estudios y trabajo, el fenómeno de las ciudades dormitorio me es bien conocido.

Tras una agotadora y exhaustiva búsqueda de pisos, que acabó felizmente cuando un amigo me alquiló su piso a un precio que (al menos) puedo pagar, he descubierto que Madrid tampoco es una ciudad al uso, sino más bien una ciudad oficina… un lugar al que se va a ejercer ciertas actividades (trabajar, estudiar, etc) pero que casi nadie en su sano juicio parece contemplar como un hogar definitivo.

Durante el proceso de búsqueda mi nivel de mala hostia creció enormemente hasta el extremo de provocarme efectos psicosomáticos (o eso quiero creer, me encantaría poder contar a mis nietos que una vez vomité de rabia). Y es que no todos estamos preparados para asimilar que haya quién pide por un estudio en un bajo en Lavapiés o Tetuán lo mismo que por un piso de dos habitaciones en el paseo marítimo de San Sebastián.

Otro momento inolvidable fue cuando conocí un piso al que se accedía por una trampilla en el pasillo, con una escalera de mano. El ojo poco avezado podría pensar, en su torpeza, que se trataba de una cámara de aire en la que se había instalado un inodoro… pero se equivocaría. Era un encantador loft abuhardillado de casi 1000 € / mes. Las vigas por el suelo le daban encanto.

He aquí algunas de las cosas más llamativas que he descubierto buceando en webs de búsqueda de pisos, y visitando muchos de ellos:

  • La mayoría de pisos de Madrid son casas de pueblo venidas a más. De puertas adentro, uno no sabría decir si está en Hellín o en Puerto Hurraco.
  • Todo el mundo da por sentado con una escalofriante naturalidad que, aunque seas trabajador, buscas un piso compartido.
  • Existe gente que considera cosmopolita vivir en una corrala.
  • Los precios son una completa locura. No quiero decir que sean caros, sino que son demenciales. Apenas existe una correlación lógica entre la calidad del inmueble y su precio. Tanto es así, que incluso he llegado a ver pisos idénticos, ubicados en distintas plantas del mismo edificio, con diferencias de precio de hasta 500 €/mes.
  • Ésta demencia apenas se reduce al cambiar de ubicación. Los precios son aproximadamente los mismos en las zonas céntricas que en las periferias cercanas. Cambia, eso sí, la calidad. En el centro es difícil encontrar pisos que no estén en ruinas, y en los alrededores cercanos la mayoría de pisos están solamente hechos polvo.
  • Si por curiosidad le echas un ojo a los pisos realmente caros (pongamos alquileres mensuales muy superiores a los 2000 €) alucinarás con lo mediocres que son la mayoría.
  • El único hilo conductor que parecen tener en común la inmensa mayoría de pisos es el de ser cutres hasta decir basta. Hace falta bucear durante días, además de estar dispuesto a gastarse un dineral, para encontrar un piso que no sea grotesco.
  • No es ruina, es encanto.
  • El concepto de dúplex es el siguiente: piso con techos altos al que se le ha añadido una entreplanta de manera más o menos artesanal. A menudo hay enormes vigas de madera por medio, y hay que saltarlas o pasar por debajo para pasar de una estancia a otra.
  • Ni tan siquiera los elevados precios, sistemáticamente superiores al salario mínimo, convencen a los dueños de los pisos para hacer buenas fotos del mismo. No me refiero a que contraten a Cartier-Bresson; me conformaría con que hicieran las camas, quitasen de la escena la escoba con la que acaban de barrer, apartasen los colchones desnudos de las puertas (omnipresente estética carcelaria) y, en algunos casos extremos (pero frecuentes), desescombrasen antes de hacer la foto. Otro consejo estético, si solamente vas a hacer cuatro fotos, no hagas un primer plano del inodoro.
Foto real de un piso de más de 1500 €/mes. Inclinada en el original.

Foto real de un piso de más de 1500 €/mes. Girada en el anuncio original.

En un futuro, si me encuentro con fuerzas, abundaré en el concepto de ciudad oficina.