El veterano

Era un anciano un tanto excéntrico, aunque nunca, que se sepa, causó problemas a nadie. Vivía a caballo entre la pensión y el bar, y no se le conocía oficio. Nunca se casó y aquello, en aquel pequeño pueblo, era considerado una rareza más. Mozos viejos, los llaman aún.

Los niños del pueblo le adoraban. Se trataba de un amor un tanto interesado, pues la clave de todo radicaba en que el señor iba repartiendo monedas a mansalva entre los zagales. Cien pesetas por aquí, doscientas por allá, para pipas, para chuches, para todos. Como un pozo sin fondo.

Al parecer, su nivel de gastos le ocasionaba ciertas complicaciones. Sus dificultades con la economía doméstica se escenificaban elocuentemente cada fin de mes a través del proceso de “ir a cobrar a la capital”. En sus labios, esta sencilla frase significaba recorrer a pie los 60 km que separan el pueblo de Guadalajara. Un taxi le traía de vuelta por la noche.

Al cabo de los años el anciano murió, y los chavales crecieron. Algunos recordaban al peculiar benefactor y, ya más maduros, se preguntaron a qué se debería su prodigalidad y su extraño estilo de vida.

La respuesta es toda una historia. El anciano, huido de España en sus años mozos por sabe Dios qué razones, acabó enrolándose con nombre falso, como es preceptivo, en la Legión Extranjera Francesa. Combatió, al menos, en la guerra de Indochina, y fue herido en Diên Biên Phu.

Con su abultada pensión, en francos, de veterano de la primera guerra de Vietnam, compraba chucherías a los niños de un helado y minúsculo pueblo de Castilla.

legion

Vascongadas

Todos teníamos algo de miedo de aquel profesor. Nos enseñaba lengua y literatura, ¿qué digo enseñaba?, ¡impartía!

Aquel día, de pie ante todos, sosteniendo el libro, leía para nosotros:

“Sepan ustedes que en España coexisten cuatro lenguas oficiales, siendo estas el español, el gallego, el catalán y el vascuence. El español es la lengua oficial de todos los españoles, y por lo tanto goza con toda justicia de un estátus privilegiado, siendo hablada no solamente en toda España, sino en buena parte de América. Por el contrario, las otras tres lenguas, que no son sino dialectos del español, se circunscriben únicamente a ciertas regiones, en las que se usan secundariamente junto con el español”.

Nosotros tomábamos apuntes raudos y veloces, temerosos de recibir algún capón o, peor aún, una “falta de orden”, temible concepto metafísico cuyo significado aún hoy se me escapa.

Hablando de cosas que se me escapan, por aquel entonces tampoco entendía porqué esa página del libro estaba irritando a nuestro profesor, que cada vez levantaba más la voz. En un principio pensé, en mi inocencia, que el gamberro de clase estaba haciendo de las suyas durante el dictado, pero no era ese el caso.

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El profesor continuó su docta perorata, cada vez más visiblemente excitado:

“A título de ejemplo, veremos cómo se dicen algunas expresiones de uso común en las cuatro lenguas. Por ejemplo, para decir muchas gracias en español decimos, obviamente, muchas gracias.”

Esto lo entendió hasta el gamberro de clase.

“En gallego diríamos Moitas grazas”.

Sus ojos se posaron en el catalán, y el nivel de irritación subió sensiblemente.

“En catalán se dice Moltes gràcies. Como ven, al tratarse de dialectos son muy semejantes al español”.

Y a continuación, con un mohín de hastío, pasó al vascuence o euskera:

“Y en vascuence, Eskerrik asko”.

Esto ya fue demasiado para él. Sorprendido, sin duda, de haberse oído pronunciar semejantes palabras blasfemas, arrojó el libro contra la mesa mientras vociferaba: “Eskerrik asko, eskerrik asko, ¡pero qué asco!”.

Sucedió en una escuela pública. Guadalajara. Circa 1998.

Política lingüística

España ya no es el país atrasado de antaño, y vuelve a escalar posiciones en el podio de los países desarrollados. Va siendo hora ya de dejar atrás las rémoras de nuestro doloroso pasado y mirar al futuro cara a cara y sin complejos.

Una de estas rémoras es el tema lingüístico. Quizá sea buena idea desprendernos, gradualmente, de los idiomas minoritarios. Pero no de un modo autoritario y fascistoide como se hizo antaño, sino en positivo.

Piensen en positivo. Piensen en sus hijos. No piensen en dictadores, piensen en Wittgenstein cuando decía: “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

¿De veras quieren limitar el mundo de sus hijos por un asunto meramente sentimental?, ¿qué importa la lengua del pueblo de la abuela en un mundo globalizado?

A mí no me cabe duda: para mis hijos, cuando los tenga, quiero el lenguaje más mayoritario posible, el que permita acceder a la mayor cantidad posible de contenidos. Se trata de una decisión bastante obvia desde el punto de vista racional, ¿por qué nos complicamos tanto?

Por todo esto, y para predicar con el ejemplo, he comenzado a abandonar progresivamente el español en favor del mandarín y el inglés.

Guanhua

Cita

No

Cuando era estudiante, y también durante los primeros años de profesor, había en la Facultad un bedel (ahora les han cambiado el nombre, a unos los llaman “porteros mayores” y a otros “subalternos”) que siempre respondía con un contundente NO a cualquier petición que se le hacía, también cuando la respuesta correcta era SÍ. Costaba un poco conseguir que viese la luz, pero a veces la acababa viendo.

Se me ocurren ideas con facilidad, unas más peregrinas y otras menos. Pero cada vez que se me ha ocurrido alguna buena idea, cada vez que me ha rondado un buen proyecto por la cabeza, la primera respuesta con la que me he encontrado era una frase que contenía una negación: no se puede, no es fácil, no interesa, no conviene, no es el momento, no es legal, no es posible, no va a funcionar, no lo aceptarán, ni lo sueñes, no lo esperes, ni se te ocurra, no está previsto, no va a prosperar…

Cada vez que oigo ahora uno de esos noes, me acuerdo del bedel. Con el tiempo me he dado cuenta de que era un adelantado a su tiempo, un visionario. Lo llamábamos Doctor No. El mundo, al menos el de la administración, está lleno de doctores.

Juan Ignacio Pérez Iglesias (@Uhandrea). Catedrático de fisiología, blogger, director de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU y, sobretodo, tipo interesante.

Su primer email

Estaba terminando 1999 cuando los cabezas de familia decidieron invertir un dinerillo en poner un ordenador e Internet en casa, con la vista puesta en el futuro educativo de sus hijos.

El hijo mayor rápidamente aprendió a moverse por la red, y pronto estaba ayudando a toda la familia a configurar sus cuentas de Outlook (pues, amigos, por aquel entonces no abundaban los servicios de correo web).

Un día, los padres pidieron al primogénito que hiciese una cuenta de correo para el benjamín de la casa, que entonces no llegaba a los 10 años de edad. El pequeño estaba muy preocupado por qué nombre poner a su dirección de email, y los padres, llenos de bondad, insistieron en que podía poner el nombre que quisiera él, apelando a su desbordante imaginación de niño como la mejor de las fuentes de inspiración.

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Al rato, ambos hermanitos salieron satisfechos de la habitación del ordenador. El pequeño ya tenía su cuenta de correo, y había enviado su primer email a, cómo no, sus amantísimos padres.

Esa tarde, recibieron un email remitido por: cabronazzo@wanadoo.es

Nota: el italianismo macarra de la doble “z” se debe a que, increíblemente, cabronazo ya estaba registrado en wanadoo en 1999.

Cabezazos y blasfemias

Los mozos del pueblo celebran las fiestas patronales entre risotadas, alaridos y grandes dosis de alcohol.

Si afinan el oído, notarán que los alaridos que escuchan no solamente están articulados, sino que siguen un hilo argumental: se trata del concurso de blasfemias que, todos los años por estas fechas, organizan en el lugar.

A continuación, rigurosamente respetuosos con la tradición, se da paso al concurso de cabezazos. La idea es simple pero genial: ganará aquel que dé el cabezazo más heterodoxo, más formidable. Los jueces valorarán especialmente la violencia, destructividad y desprecio por la integridad física del participante.

headbutt

Alguien intenta partir un palet, pero es descalificado por utilizar más de un cabezazo. Otro abolla la puerta de un frigorífico, que ha traído consigo para el evento. Pero la gloria se la lleva un tipo que lanza al aire un puñado de candados entrelazados y lo remata como si fuera una pelota de fútbol, cayendo inconsciente al instante.

Aún sangrando y aturdido, es jaleado y llevado a hombros como el nuevo campeón… hasta el año que viene.

Sucedió en la Alcarria profunda, a principios del siglo XXI.

El joven doctor

No todos los días le escriben a uno desde una prestigiosa Universidad Norteamericana. Sin embargo, últimamente, escribían demasiado.

Se estaban poniendo muy pesados con los requisitos para aceptar un artículo. Iban ya varios borradores, y cada cuál era merecedor de una corrección que, aún siendo menor que la que le precedía, daba la impresión de atrapar al joven doctor en un proceso sin fin.

Cuando el severo editor escribió el último email, sin duda no imaginaba que este sería leído en un lugar tan poco propicio para el estudio y la investigación como un bar del barrio canalla de Guadalajara. Llegó, debido a la diferencia horaria transatlántica, un Sábado a las 3 de la madrugada, y fue leído en presencia de los amigotes y delante de varios gin tonics. En el email se solicitaba, como última corrección, que se usase doble espaciado en lugar de espaciado simple.

birrete

A la mañana siguiente, el joven doctor despertó de su noche de juerga con resaca. Nebulosamente, recordó el email. Hubo cachondeo con su contenido, muchas risotadas, mucha mala leche, pero… ¿respondió o no?

No sin cierta preocupación, consultó su bandeja de salida. En efecto, había una respuesta a las 3:14 AM. Solamente contenía dos palabras:

Fuck off!

Al joven doctor le esperaba un largo Domingo de explicaciones.