Reseña: Comer sin miedo

¿Recuerdan aquellas amables (pero dolorosas) collejas de nuestras madres cuando de niños no nos terminábamos la sopa?, ¿aquella norma no escrita según la cuál no se debe preguntar qué lleva un plato?, ¿eso de no tocar los cojones en casa ajena para que nuestra tortilla nos la hagan sin cebolla? ¿Seguro que lo recuerdan?, ¡pues no lo parece, rediós! ¿Qué diablos es esa moda de evitar el gluten sin ser celíaco?, ¿qué tontá es esa de la comida bio?, ¡maniáticos!, ¡que sois unos maniáticos!… ¡como se nota que no habéis conocido el hambre! Bromas aparte, el mundo de la alimentación está plagado de mitos infundados. Mitos de todo tipo, desde simpáticos equívocos a auténticos peligros para la salud.

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Inspirado en hechos reales

Si está usted mínimamente interesado en cuestiones de alimentación, es probable que le interese el libro Comer sin miedo de J.M. Mulet (Destino). En el momento en que escribo estas líneas va ya por la 5ª edición en sus apenas seis meses de vida. Se trata de un libro destinado a todos los públicos (excepción hecha, quizá, de aquellos que prefieren informarse a través de vídeos locutados por Loquendo) y no es necesaria formación previa en biología para disfrutarlo. El tono del libro destila bastante cachondeo y mala leche, con capítulos como Una marca comercial llamada alimentación ecológica o Mejor conservante en mano que salmonela volando. csm En cuanto al autor, a pesar del escaso tiempo libre que le deja la gestión de los numerosos sobornos que, según sus críticos, recibe de malvadas compañías biotecnológias como Monsanto, Mulet encuentra hueco para ejercer como profesor de biotecnología en la Universidad Politécnica de Valencia, ocuparse de su blog, Tomates con genes, dar charlas y sí, escribir libros.

Thriller psicológico

La película comienza con un tipo cenando una pizza precocinada.

Se acuesta, y no recuerda si ha apagado el horno.

Se levanta a comprobar si lo ha apagado, y así es. Todo está en orden.

Vuelve a acostarse, pero al rato siente la necesidad de volver a comprobarlo.

Así una y otra vez hasta llenar 2 horas y media de metraje. Por supuesto, todo en blanco y negro y utiliando el magiar (con subtítulos) como único idioma vehicular.

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Pero hay una sorpresa; la obra no termina con los títulos de crédito. Precisamente es entonces cuando empieza la diversión, la transgresión de las fronteras tradicionales del arte. Mejor dicho, unas pocas horas después: cuando empiecen a menudear los críticos mediocres impresionados por la falsa profundidad del filme.

Y es que con la entrada, se compra también el derecho a molerles a collejas.

Se lo digo yo, una obra de arte inmortal.

Pero sólo fue un gemido

Esta mañana me someto a una pequeña intervención quirúrgica; un buen momento para bendecir mi suerte por haber nacido después de la invención de la anestesia.

No he podido evitar recordar el magnífico libro de Jürgen Thorwald “El siglo de los cirujanos”, que aprovecho para recomendar.

El-siglo-de-los-cirujanos.-Jrgen-Tho[2]

Copio aquí un breve pasaje que en su día me impresionó enormemente, y que narra una brutal anécdota sucedida en el Massachusetts General Hospital hacia 1822:

Trajeron a la «arena» el tercer caso. Warren y Hayward se frotaron rápidamente las manos con un paño. Un «dresser» trajo agua nueva, enjuagó las esponjas ensangrentadas, limpió los instrumentos con un trapo manchado y colocó sobre la mesa un torniquete y una sierra de huesos.

El marinero cuyo muslo tenía que ser amputado a causa de una gangrena originada por una fractura de tibia era un tipo gigantesco, de cabello y barba blancos. Antes de acostarse para ser operado, pidió un poco de tabaco para mascar. Después dijo a los enfermeros que le dejaran en paz y que no era necesario que nadie le sujetara. Warren le dirigió una mirada sarcástica. Sin duda había oído ya demasiadas manifestaciones heroicas de este tipo por boca de otros hombres, y presenciado también otros tantos lamentables derrumbamientos.

Hayward puso el torniquete un poco más arriba de la zona de amputación, con el fin de poder refrenar la hemorragia en el momento de operar. Warren se subió una vez más los puños de la camisa que entretanto ya se habían manchado.

Apenas hubo desaparecido el tabaco tras los labios del paciente, Warren, mediante un rápido corte circular llevó su cuchillo hasta el fémur y con una fuerza que hasta entonces yo no había supuesto en su flaco cuerpo, separó la piel, los músculos y los vasos. El marino escupió el tabaco, dio un gemido y sus rojas manos se crisparon agarradas a la cabecera de la mesa de operaciones. Hayward con ambas manos echó piel y músculos hacia atrás en dirección al torniquete. Warren cogió la sierra y con escasos movimientos de vaivén cortó el hueso que había quedado al descubierto. Uno de los enfermeros cogió el miembro amputado y se lo llevó de la sala, mientras Hayward sacaba del muñón los vasos cortados y Warren los iba ligando.

Yo esperaba en vano que el marinero gritara. Verdad es que se agarraba con todas sus fuerzas a la mesa, pero lo más que salió de la boca fue un débil lamento. Únicamente gimió una vez más pidiendo tabaco con voz ahogada, cuando Hayward, junto con algunos vasos extrajo unos nervios, los cuales, según me había contado mi padre, producen al tirar de ellos, los dolores más horribles. Pero sólo fue un gemido (…).

Cuando el marino fue sacado de la sala, se produjo en nuestras filas cierta agitación. Los estudiantes de más edad iniciaron un aplauso. Dirigieron al marino palabras de elogio por su comportamiento hasta que Warren, de una sola mirada, restableció el orden.

Al humor

Donar el cuerpo a la ciencia se ha convertido en un lugar común… una cosa vulgar.

Cuando yo muera, donaré mi cuerpo al humor. Sí, al humor. Que se destine a chanzas y chistes de todo tipo.

¿Alguien quiere gastar una broma pesada que requiera una mano humana?, que usen la mía, ya que a mí no me hará falta.

¿Los Morancos necesitan un cráneo para hacer una mala imitación de Shakespeare?, que cuenten con el mío.

Solo el ingenio y la imaginación son el límite.

Visto en ésta recomendable cuenta de Twitter

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Thriller jurídico

Idea para un guión de cine. Quizá le interese a Richard Gere:

Una multa por exceso de velocidad y conducir bebido con retirada del carnet. “¡Solo eran 30 km/h por encima de lo permitido!”

Un hombre sólo. Luchando contra los abusos del poder.

En un golpe de ironía, llega tarde a su juicio por correr. Encuentra todas las puertas cerradas.

red corner

Pero no se rendirá. Está dispuesto a recorrer todas las agencias que recurren multas y se anuncian en los más exóticos canales de la TDT. A llevar el caso hasta el Tribunal Constitucional si es necesario.

Pero nadie le hace ni caso. Finalmente se derrumba. El hombre corriente no puede hacer nada contra las injusticias de la burocracia. Tan sólo discutir con el secretario en la puerta: “¡¿así funciona el sistema?!”

Y marcharse picando rueda en su Ibiza amarillo.

 

Ésta entrada está dedicada a Fer, probablemente el mayor fan de Lionel Hutz de todo el valle del Henares.

Votar o no

Votar o no. Curiosa cuestión que levanta enconados debates sobre los orígenes mismos de la democracia, la inexistencia de un candidato perfecto, la metafísica del derecho a quejarse y otros lugares comunes que nos retrotraen a un aula de ética de 3º de E.S.O.

Algunos piensan que todo lo que no sea abstención dignifica a la casta política, pero en mi humilde opinión olvidan que a la casta política la dignidad le importa un pito. Otros piensan que la abstención no es más que un intento de dignificar el derecho a pasar el Domingo en calzoncillos superando la resaca.

¿A quién votar? Los partidos “de siempre” no nos gustan, pero de los nuevos desconfiamos.

Ojalá los poderosos se anduviesen con tantos miramientos filosóficos a la hora de buscarnos la ruina.

Y sin embargo todo el mundo asegura estar harto. ¿Por qué no hacer un pequeño gesto? No hablamos de tomar la Bastilla, ni de bombardear el Palacio de Invierno. Cosas sencillas, relacionadas también con la dignidad: no aceptar trabajos basura, no trabajar gratis, no dejar que te vacile tu casero, votar a otros, …

Pero el mejor argumento contra la abstención es, sin lugar a dudas, este vídeo del Parlamento Danés:

Interferencias

Hoy se ha publicado la tercera entrega del podcast Catástrofe Ultravioleta, cuyo título es Interferencias y en el que he tenido el honor de participar.

CUV

Pueden escucharlo y descargarlo aquí.

Aquí tienen el resto de entregas del programa, que irán creciendo en número en los próximos meses.