España asume con entusiasmo su nuevo papel de colonia especial de Europa. La iniciativa surgió tras el envío a Bruselas, por parte de muchos padres, de cartas alarmadas por el bajo rendimiento universitario de sus hijos.
Varios de ellos se quejaban de que habían tenido que cambiar a sus hijos a universidades privadas para verles aprobar alguna asignatura. Otros se quejaban de que tras 15 años estudiando inglés, sus hijos apenas eran capaces de hilar dos palabras seguidas. Un caso llamativo era el de un padre que gastaba casi la mitad de su sueldo en el cerrajero, pues su hijo había tomado por costumbre tragarse las llaves del Porsche.
Pese a la variedad de historias personales, todos coincidían en una cosa, el amor hacia sus vástagos y el deseo, natural en unos amantes padres, de verles crecer y desarrollarse. La iniciativa quedó condensada en una pregunta: ¿por qué un imbécil no puede ser presidente del gobierno?
Desde Bruselas se estudió el asunto desde la perspectiva de la Igualdad de oportunidades, y decidieron tomar un plan de acción. Del mismo modo que Suecia o el Reino Unido tienen estatutos especiales dentro de la Unión Europea, se otorgaría el estatus colonia especial a un país europeo (aunque, por culpa de algunos bromistas desconsiderados, se ha puesto de moda el término patio de subnormales de Europa).
Pues bien, tras un sesudo análisis que tuvo en cuenta los aspectos económicos, políticos, culturales e históricos de todos los miembros de la UE, se decidió que el candidato más apto para éste puesto era España. Jugó fuertemente a nuestro favor el hecho de que nuestros gobernantes nunca han sido demasiado espabilados, lo cuál suavizaría enormemente la transición.
Inmediatamente se puso en marcha tan humaniataria misión, dando orden a todas las estructuras del Estado de encumbrar, prioritariamente, a todos aquellos individuos que estuviesen en riesgo de exclusión debido a su imcompetencia. Los más listos ya se las apañarían.
Pronto pudimos ver a algunos de los hijos mencionados en las cartas de los atribulados padres ocupando puestos en consejerías y administraciones diversas.
Y aquí acaba mi historieta de hoy.
Casi puedo oír las reacciones airadas de mis lectores. ¡Mostrenco ha perdido el juicio!, ¡los imbéciles también tienen derecho!, vas a ir al pilón, etcétera
Pero antes de enfurecerse, querido lector, dígame de qué otro modo pueden explicarse éstas dos noticias, surgidas en el mismo día:
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