El triunfo de la voluntad

Si no me falla la memoria, fue hacia 1997.

Como muchos otros niños, yo comía en el comedor del colegio. Una experiencia no demasiado grata que, bordeando ya los 13 años, muchos considerábamos que podíamos ahorrarnos comiendo en casa, aunque fuese solos.

Comenzaron las negociaciones con nuestros padres, que no terminaban de ver claro aquello de que cocinásemos platos, por simples que fuesen, sin su supervisión. La mayoría de padres optaron por mantener las cosas como estaban.

Pero uno de nosotros, un irreductible, un auténtico pionero, optó por tomar las riendas del asunto de un modo que jamás olvidaré. Ese día llegó taciturno al comedor, y no tocó su plato. Aguantó estoicamente la bronca de las cuidadoras, y fue castigado a quedarse sentado a la mesa hasta que terminase de comer.

Sus compañeros de mesa fuimos acabando uno tras otro. Yo le esperé un rato, pues éramos amigos, hasta que solamente quedamos él y yo en la enorme sala. Pero insistió en que saliese sin esperarle.

Tan pronto como salí por la puerta, escuché un gran escándalo y me giré. Allí estaba mi amigo, de pie sobre la mesa, llamando la atención de las cuidadoras. Una vez se hubo asegurado de que haber captado la atención de todas y cada una de ellas, sacó la chorra y meó sobre su plato, sin preocuparse demasiado por la puntería.

Expulsión inmediata e innegociable. Desde aquel día, comió en casa.

Transmisión de cultura

Esta es una historia que nos invita a la reflexión, que nos hace pensar sobre nosotros mismos y lo que nos hace humanos.

Sucedió en el parque zoológico de Guadalajara.

Desde hace décadas, la jaula de los monos capuchinos había constituido una divertida atracción para los visitantes.

A principio de la década de los 2000, uno de los monitos, un auténtico pionero, descubrió los desproporcionados efectos que causaba el lanzamiento de heces al público.

Cartel de un zoo surafricano

Cartel de un zoo surafricano

El resto de monos adoptó éste modelo de comportamiento, hasta el extremo de que, en la actualidad, se ha instalado un parapeto transparente (lleno de pegotes).

Asistimos a una suerte de transmisión de cultura en el reino animal. El paralelismo es claro entre éste fenómeno y, pongamos, una clase universitaria de introducción al cálculo numérico: un simio dominante, el profesor, muestra al resto de simios, los estudiantes, cómo hacer algo nuevo… para incomprensión y desconcierto de cualquier observador externo.

Como colofón, os dejo un vídeo de un chimpancé que va aún más allá, marcándose una suerte de claqué simiesco antes de llevar a cabo su pequeña broma.

Extraña muerte

Ya desde el principio la cosa fue alucinante. Los medios comenzaron a homenajear al difunto Suárez 48 horas antes de su defunción. No sé si esto tiene precedentes en la antropología, pero desde luego es como para escribir varios ensayos.

Luego, lo mejor de todo: el contenido y portavoces de los homenajes. Encizañadores profesionales e incluso enemigos personales del expresidente, entre otros, se pusieron de acuerdo para ensalzar sus virtudes de diálogo. Gente que, a menudo, hace gala de despreciar el valor de la palabra, especialmente si procede de bocas ajenas o, ¡Dios nos libre!, se articula en catalán.

Hablamos, no lo olvidemos, de un país en el que hasta el Presidente del Gobierno ha tomado la costumbre de dar ruedas de prensa sin preguntas a través de una pantalla de plasma.

Y para acabar, una guinda en el homenaje a la mejor retórica que ha conocido La Moncloa en los últimos tiempos. Cuando el portavoz de la familia salió del hospital, lógicamente compungido, a comunicar el fallecimiento a los periodistas allí reunidos, se produjo una grotesca avalancha. Los reporteros, rodeándole entre alaridos, siguieron, sorprendentemente, dando voces mientras el hombre hablaba. Cuando acabó de dar la mala noticia, y cuando el espectador está frotándose los ojos de incredulidad ante lo que acaba de presenciar, otro periodista grita algo increíble que me retrotrajo a mis tiempos de la E.S.O: “¿puede repetir?”. Si no lo creen, véanlo con sus propios ojos:

Posteriormente, la cola para visitar su capilla ardiente nos dejó algunas frases completamente alucinantes. Como la de la señora que recalcaba que su mayor virtud era “Nunca haber robao, ni ningún escándalo se le conoció”. O aquel flipante “Tengo un examen, pero vengo a despedirme del padre de la democracia”.

Puesto que parece que está de moda decir disparates totalmente desprovistos de sentido sobre el triste asunto, aquí dejo el mío. Un poema-homenaje que expresa muy bien el sentir de buena parte de la sociedad:

suarez

Confío en que, al menos, mis colegas surrealistas lo entiendan.

Nace Catástrofe Ultravioleta

Los amigos de Naukas, en colaboración con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU y la fundación Euskampus acaban de poner en marcha un podcast llamado Catástrofe Ultravioleta.

CUV

Pulsa para escuchar en iVoox

Tenemos incluso un trailer:

Tengo el honor de haber participado en el guión y grabación de uno de ellos (inédito, por el momento). En palabras de Javier Peláez, el amigo que me lió para participar en ésto, lo que buscan en éstos podcasts son historias chulas, acojonantes, que dejen al oyente pegado a la silla y con los ojos como platos.

Juzguen ustedes mismos si lo han conseguido: el primer capítulo está disponible gratuitamente aquí.

P.D: si les intriga el nombre del programa, les diré que la catástrofe ultravioleta es un experimento mental que supuso, entre otras cosas, uno de los pistoletazos de salida de la teoría cuántica. Pueden encontrar una explicación asequible en Los Mundos de Brana.

Colaboración con Pa ciència, la nostra

Desde hace poco estoy colaborando con Pa ciència, la nostra, un programa de humor y divulgación científica que emite en catalán y castellano en varias estaciones de radio catalanas, además de en forma de podcast.

Gafas de pasta. Todo encaja como un puzzle cósmico.

Gafas de pasta. Todo encaja como un puzzle cósmico.

Concretamente aquí está mi debut (minuto 24 en adelante), con un audio un poco pobre debido a un problema de postprocesado. El resto de colaboraciones irán publicándose en un futuro próximo.

Por si le quieren echar un ojo. O un oído.

¿Qué pasa si llenas el escritorio?

Un cómic cargado de mala leche, dedicado a todos los que, por uno u otro motivo, arreglan los ordenadores de sus amigos, familiares y/o compañeros de trabajo.

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Romanticismo de aerolínea

Desde niño me encantaron las novelas de aventuras, especialmente las que tenían lugar en el mar… quizá debido a que queda muy lejos de mi Guadalajara natal. Por mis manos pasaron Salgari, Melville, Conrad, Stevenson, … mucho antes de haber puesto siquiera un pie en un barco.

Mi primer viaje en avión fue en el año 2002. Viajaba de Madrid a Miami sentado en una ventanilla, a estribor. A pesar de lo aparentemente prosaico de la situación yo estaba completamente fascinado por la idea de cruzar el Atlántico.

El avión despegó y rápidamente se colocó sobre las nubes… apenas pude ver el suelo durante cinco minutos. La mayor parte de la travesía tuve que conformarme con imaginarme en curso del avión, pues en el exterior no se veía nada más que un deslumbrante resplandor de color blanco.

Me entretuve pensando en la cantidad de pioneros que habían pasado penurias, e incluso encontrado la muerte, haciendo en barco el viaje que yo hacía ahora cómodamente sentado en un avión de pasajeros.

Llevábamos ya varias horas de viaje cuando por fin se despejaron las nubes; lo que vi a continuación no lo olvidaré jamás. Estábamos a la altura de Cape Cod, y allí mismo, justo debajo de mí, como una maqueta o un juguete, apareció la isla de Nantucket.

Reconstrucción aproximada de la vista usando Google Earth

Reconstrucción aproximada de la vista usando Google Earth

Para un tipo que, como yo, flipó leyendo Moby Dick, éste fue un momento mágico. Durante un rato me sentí flotando en las nubes, ¿acaso no lo estaba?

Observé que mis compañeros de viaje no compartían en absoluto mi entusiasmo. Caras largas y aburridas, y alguna que otra queja por la lentitud de las azafatas.

Mientras tanto, ahí fuera, parecía que solamente yo prestaba atención al desfile de Long Island y la desembocadura del Delaware.

Poco después regresaron las nubes, y ya no había nada más que ver. Gracias a ello, pude olvidar mis ensoñaciones y volver al mundo real, a ocuparme de los asuntos reales e importantes que atañen a la gente seria y con los pies en el suelo, como pedir la cena mientras veía una película infame.

Salía Julia Roberts, y estaba llena de deliciosos y románticos malentendidos aptos para todos los públicos.